Vas por la mañana en el coche, tan contento, madrugón mediante a trabajar
para contribuir a sufragar los gastillos de La Casta político-bancaria, y
vuelves a caer. Enciendes la radio. ¡Ah, la radio! Fuente del maná esperpéntico
que todos los días, y fiestas de guardar, viene del cielo. Lo reconozco: hoy ha
sido para bien. Tenía terminado este post,
pero sin que se me ocurriera cómo titularlo. Y un post es como un aristócrata pobre: sin título no es nadie. De
pronto, esta mañana, ya digo, hete aquí que se nos aparece por las ondas García
Margallo, uno de los ya escasos ministros del Gobierno de la Marca España al
que le faltaba pronunciar su ración de frase histórica. Para que se la graben
sobre algún monolito o marmolillo: «La Constitución de 1978 son solo dos
artículos, y lo demás es literatura». Gracias,
ministro. Ya sé cómo titular la pieza.
martes, 10 de septiembre de 2013
lunes, 9 de septiembre de 2013
X, 9. Más sobre el leninismo de La Casta
Lo ha dejado escrito Esperanza Aguirre, ese personaje que inventaron el Wyoming
—por aquel entonces grande— y sus inteligentes bufones de Caiga quien caiga. La parrafada de Aguirre reza «Ha
llegado la hora» (Abc, 9-9-2013):
A veces he pensado que Lenin, el
inventor de la diabólica estructura de los partidos comunistas en los que todo
se supedita a la voluntad del líder bajo la falacia del centralismo
democrático, se quedaría asombrado al ver cómo su estructura ha sido copiada
por los partidos democráticos españoles. Con el sistema electoral español y sus
listas cerradas y bloqueadas, los partidos políticos españoles, aun sin
quererlo, han acabado por funcionar de manera que la opinión de los militantes no tiene ni siquiera cauces para
ser conocida por los dirigentes.
sábado, 7 de septiembre de 2013
IX, 12. Ficciones progresivas
En un relato plagado de esas bromas tan serias nada
infrecuentes en Borges, «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius» (Ficciones, 1944), descubrirán los curiosos este pasaje de
antología: «Los metafísicos de Tlön no buscan la verdad ni siquiera la
verosimilitud: buscan el asombro. Juzgan que la metafísica es una rama de la
literatura fantástica». La explicación del chiste, que lo acompaña de inmediato
en la frase siguiente, muestra que el escéptico Borges ha ocultado la
metafísica de nuestro mundo —para enseguida desnudarla— tras el velo de la azarosa
filosofía o ciencia de Tlön, orbe inventado: «Saben que un sistema no es otra
cosa que la subordinación de todos los aspectos del universo a uno cualquiera
de ellos».
domingo, 1 de septiembre de 2013
III, 39. Otra «nibola», 7. La Vuelta a España
Todo estaba conectado, tenía escrito Francesillo en
su Libro de los cascabeles. Cansinas
e inexorables se meneaban las placas tectónicas. Con fuego mineral de volcanes iban alumbrando un paisaje acá, otro acullá. En cada paisaje se
asentaba luego una fichita del Risk
universal: cierta tribu. Que enseguida asociaba su paisajillo de cortos vuelos
con un hecho diferencial. La cosa aquella del sentimiento. Dado que estaba por descubrir
uno sostenible con independencia del estómago, ese garante de las fichitas del
tablero, no quedaba sino prender fogones: la gastronomía propia, considerada en
sí misma un derecho de fundamento histórico arraigado in illo tempore, miles de lunas antes. Así que a los fogones se les
encomendaba la misión de alcanzar la ebullición, o sublimación, del susodicho sentimiento.
Et voilà: se cocía un nacionalismo.
Sí, todo iba cocido, o cosido con los sutiles hilos del efecto mariposa: las
placas tectónicas, manantial ideológico de las gastronomías patrias o nacionalismos.
Un regalo envenenado o cateto del núcleo ardiente de la Madre Tierra.
miércoles, 28 de agosto de 2013
III, 38. Otra «nibola», 6. El conferenciante
Subterráneos
históricos permitían a Francesillo de Zúñiga ir del futuro al pasado y
viceversa, haciendo fugaz escala en el presente. También simultanear escenas.
No es que se desdoblase durante excursión astral u otras zarandajas de
budistas aficionados. Es que viajaba en un visto y no visto desde Al Andalus
hasta el Reino de León. Y viceversa. Los subterráneos del tiempo no sabían de
fronteras geográficas ni políticas o ficticias, que hasta allí abajo no se
prolongaban, de modo y manera que aquellos hechos diferenciales de las taifas y
los reinos medievales, de las regiones y los cantones modernos, de las
autonomías postmodernas, quedaban abolidos en un pispás pancrónico. El de
Zúñiga y sus acompañantes, no sé qué decirte, Buñuel, Larra y Dalí, o tocayos
como Umbral, Quevedo y Goya, quedaban, por su mucho trasvase subterráneo, a salvo
de toda aquella catetada solo en apariencia diferencial: lo mismo te bailaban
una muñeira que una sevillana; otrosí, una jota, un chotis o una sardana. A los acordes de una
banda de txistularis.
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