viernes, 9 de marzo de 2012

VI, 5. Un bebé con cola de cerdo

La narrativa hispanoamericana cuyo alias mercadotécnico fue el boom, surgió, en buena medida, de un pensar y un soñar la relación y la fusión entre vida y escritura que legaron las vanguardias. Paremos mientes a cuento de esto en otros casos de imitación que la vida hace del arte o, como dirían prosaica y técnicamente los «leedores» —según los denominó displicente Pedro Salinas—, de la relevancia social de la institución literaria.

miércoles, 7 de marzo de 2012

IV, 4. Príncipes y razón de Estado


Un segundo haz de señas sobre el estereotipo príncipe, en nada aprovechable por la retórica del cuento de hadas, fue delimitado en 1513 por Nicolás Maquiavelo, aquel filósofo a quien le dio por ser experimental o sincero: «siendo mi intención escribir una cosa útil», «me ha parecido más conveniente perseguir la realidad efectual antes que la imagen artificial».

domingo, 4 de marzo de 2012

I, 8. Demorados preliminares

Correrá a cargo esta vez de Mario Vargas Llosa la écfrasis de otro cuadro tizianesco[1]. Constituyan tal coyunda el capítulo 7, «Venus con amor y música», de la estupenda, inteligente y finísima novela erótica Elogio de la madrastra (1988), y el óleo Venus recreándose con el Amor y la Música, h. 1555 (Madrid, Museo Nacional del Prado), que pertenece a la serie musical y venusina que en estas Literaventuras va siendo examinada o recreada.

sábado, 3 de marzo de 2012

IV, 3. Estereotipos y tecnología


El prototipo de príncipe nipón incluía entre sus rasgos la invisibilidad. Cuando los norteamericanos ganaron la II Guerra Mundial, lo tuvieron de nuevo a tiro: para resquebrajar la milenaria institución imperial japonesa, les bastó con obligar al emperador a hablar por la radio y hacerse ver. Un señor más bien bajito con sombrero de copa y frac respondía a todo menos al estereotipo de príncipe oriental. Definitivamente, había sido desorientado.

jueves, 1 de marzo de 2012

VI, 4. De filología aplicada a la historia

Creencia análoga a esa de la palabra como revelación, pero esta vez laica, apunta que la literatura es —a lo Vicente Aleixandre— manantial o al menos manual de vida: fuente de conocimiento. Este otro sentido de lo que me gusta llamar filología aplicada era el que cobraba el studium liberal de las letras antes de que formalismos, estructuralismos y otros peritajes y vanguardias tecnológicas del XX separaran a los textos del autor, a ambos de los lectores y a todos del gozo y del goce del estudio literario.