Quedamos más o menos en que el cazador (sea quien sea: un narrador o un pintor lo fueran) se disfraza de perrito para cobrar una liebre. Por lo que llevamos averiguado, digamos entonces que como subtítulo del óleo de Courbet, el pintor, bien valdría el verso de Juan Ruiz, el narrador: «Un perrillo blanchete con su señora jugava». Y jugueteando, ante ella se empinaba: «en pino se tenía».
domingo, 8 de enero de 2012
sábado, 7 de enero de 2012
I, 2. Perro ladrador, gran simbolizador
Quizá sea que de forma instantánea asociamos al significante perro el significado simbólico ‘fidelidad’. Un personaje de Espinel (I, 14) afirma que «son las calidades de los perros y las excelencias que hay en ellos muy dignas de admiración»: «¡Qué fidelidad! ¡Qué amor! ¡Qué conocimiento!». A lo que Obregón añade que «tienen dos admirables virtudes», «que si los hombres las tuviesen tan sentadas en el alma como ellos en su natural inclinación, vivirían en perpetua paz: que son humildad y agradecimiento»[1].
viernes, 6 de enero de 2012
I, 1. A su can se acerca una muchacha
Los senos apuntando al escondite de su sexo; el brazo derecho descansado en el muslo; el izquierdo, sosteniendo a su perrito de compañía. Ajena a nuestra observación, la mujer que completamente desnuda se ha sentado, sobre improvisado trozo de tela, en el suelo de un apartado lugar, fuerza la postura para aproximar su boca a la del perrillo. Éste, erguido sobre las patas traseras y apoyando las delanteras en la rodilla izquierda de la joven, la mira expectante. Lo acuoso del terreno que toca el pie derecho de la protagonista, fluye hasta desembocar en el paisaje acuático del fondo, cuyas leves ondas apenas se insinúan.
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