jueves, 14 de agosto de 2014

IX, 22. Que titulen otros

La cultura popular es fundamentalmente oral: un saber que, adquirido de oídas, transforma los textos en palabras que se llevan el viento y el tiempo. En cambio, lo que el viento se lleve de la cultura escrita serán papeles. Ambas culturas avanzan retrocediendo, mediante la selección, operada en la tradición, de intertextos que determinan el presente. Ciertos fragmentos, así, van repitiéndose, reformados, reformulados o renovados. La cultura es un palimpsesto reescrito de múltiples maneras.
Con frecuencia, un texto es trasvasado a la tradición oral, esa centrifugadora que altera la literalidad inicial. Aunque ésta, la verdad, es tan frágil que enseguida se expone a ser transformada. Ocurre con los títulos de las obras literarias, lo primero —a veces lo único— que se lee de ellas. Quizá fue por redondear, pero el Laberinto de Fortuna (1444), de Juan de Mena, pasó a denominarse Las Trescientas, aunque el poema, sin los añadidos ajenos al primer autor, cuente con doscientas noventa y siete estrofas. (Ningún publicista olvidará la arquetípica atracción mágica y fatal que, ante el subconsciente colectivo o memoria de la tribu, ejercen los cerrados números redondos.)
Como la comida, los títulos entran por los ojos. Elegirlos bien es dar el primer paso hacia el éxito. Aún circula por ahí el prejuicio romántico —luego doblemente falaz— de la intención del autor: «¿Tiene intención autobiográfica su novela?», inquieren a un escritor quienes no pretenden leerlo. Como si un autor controlara todos los aspectos de la elaboración y la transmisión de su texto, esa tarea de equipo, como en las editoriales saben perfectamente. Valentino Bompiani no sólo fue el editor de Obra abierta (1962), de Umberto Eco, sino también el autor de su título. Eco había pensado en bautizar a su criatura en plan académico, Forma e indeterminación en las poéticas contemporáneas, etiqueta infumable para buscarse un hueco en el hábitat de las librerías. Menos mal que estuvo al quite «Bompiani, que siempre ha tenido olfato para los títulos» y que —según sigue rememorando Eco—, «abriendo una página como por casualidad, dijo que debía llamarse Obra abierta». Un rotundo acierto. Así se escribe, desde los despachos de una empresa editorial, la historia de la teoría literaria.
¿Qué intención se reconoce en el título La Celestina? Lo mismo habría primero que saber quién fue el autor de tal denominación, nada de origen. Las versiones iniciales de esta obra titulaban Comedia o Tragicomedia de Calisto y Melibea (sí, Calisto con ese, que ésta es otra). Hacia 1540, la gente la citaba ya como Celestina, título impreso tardíamente, en la edición de Alcalá, 1569: setenta años después de la primera conocida. El autor del título que ha quedado grabado en la memoria colectiva parece haber sido, pues, el colectivo de los lectores e impresores del siglo XVI. Vayan los críticos románticos a buscar intencionalidades ahí.
Los casos de títulos facticios, aquellos debidos a intermediarios distintos del autor, no son pocos, y curiosamente afectan a la gran reserva de nuestra bodega literaria: si la autobiografía erótica que es el Libro del Arcipreste de Hita fue bautizada en 1898 como Libro de buen amor, etiqueta que le puso un tan erudito como mojigato Menéndez Pidal, las Canciones de fray Juan de la Cruz habían terminado con sus liras dando en Cántico espiritual, otro título facticio que pretendía arrimar el ascua a la sardina de la religiosidad ortodoxa, en la que por descontado no militaba quien a finales del siglo XVI era un fraile aún no canonizado. En cuanto a los lectores (y los oidores) del XVII, conocían como El Pícaro a La vida de Guzmán de Alfarache, atalaya de la vida humana (1599), frente a la voluntad expresa de Mateo Alemán. Otro exitazo de título, a pesar del autor, que esta vez terminó en categoría imprevisible para el desconocido autor del LazarilloY ya por no hablar de El libro de los gorriones, de Bécquer, que sus amigos dieron a la estampa —¿se decía así, no?— con el título de Rimas, más conciso y ajeno a la ornitología.
No es poco lo que se cita de oídas, o de leídas de segunda mano. No sólo inestable: nuestro saber es enciclopédico, pues las enciclopedias suministran la mayor parte de la información y de las citas.
La erudición a la violeta es otra tradición.


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