martes, 26 de agosto de 2014

VI, 25. «Non nova, sed nove»

La intertextualidad no solo corrobora que «no se hace nada nuevo bajo el sol» (Eclesiastés, I, 9); también es indicio de que la literatura y otras expresiones artísticas brindan plantillas para moverse por el mundo, describiéndolo y reescribiéndolo. Dicta el Libro de estilo (3.21) de El País: «Un recurso fácil y reprobable es titular con otros títulos; es decir, aplicar a un reportaje un título de película, de obra literaria o de una canción. Esta práctica demuestra escasa imaginación y abundante pereza mental.» Asombroso el catecismo este.
Supongamos que la imaginación y la memoria no fueran lo mismo, y en consecuencia recordemos a Larra, laico patrón de periodistas, leyendo este pasaje del reverenciado Libro. Pensaría quizá que emplear un intertexto hasta la saciedad, tal que Crónica de una muerte anunciada, es mucho repetir, pero que manejar intertextos es seña de identidad de los lectores que asimilan lo que leen. O tal vez concluyera que no pueden ponerse puertas al campo. No sé; él mismo tituló «Donde las dan las toman» un prolijo artículo de El Duende Satírico del Día (31-XII-1828). Donde las dan las toman ya era frase proverbial cuando Tomás de Iriarte tituló con ella un diálogo de 1778 en que se defendía de las críticas vertidas por Sedano contra su traducción del Arte poética de Horacio. (Por algún sitio yacerá mi estudio dedicado a este asunto: «La polémica dieciochesca en torno a la traducción espineliana del Ars poetica de Horacio», en Vicente Espinel. Historia y antología de la crítica, ed. J. Lara Garrido y G. Garrote Bernal, Málaga, 1993, I, pp. 41-56.)
En el capítulo 5 (I, 4) de su libro Los orígenes de la obra de Larra (Madrid, 1973), José Escobar nota muy bien la relación entre los Dondes de Iriarte y de Larra, y describe el procedimiento seguido por este: «reproducir al principio y al final del artículo, textos explícitamente citados de obras de un autor, mientras que la obra de ese mismo autor sobre la cual está basada la inspiración libresca del artículo se deja a la adivinación de los lectores» (p. 218). En efecto, Larra dispensa y dispersa pistas intertextuales que apuntan a Iriarte, cuyas palabras son citadas inicialmente; dispone su artículo como diálogo para atacar al que le había atacado (los disparos vinieron de El Correo Literario), y alude a los traductores españoles de Horacio. A su vez, Donde las dan las toman ya había sido el título de un libelo publicado en 1814 por Bölh de Faber, en otra de las disputas a que tan aficionados fueron los neoclásicos (y Larra, antes que romántico, había sido neoclásico).
Ordene lo que quiera el Libro de estilo: muchos periodistas titulan intertextualmente. La reprobación de El País resulta, como toda prohibición, síntoma de que lo vedado se realiza. He aquí ejemplos extraídos en 1993 de El Mundo, empezando por un clásico ya mencionado, que A. del Río recicla en «Una muerte anunciada» (23 de noviembre): «Los “cabezas rapadas” venían anunciando la crónica de una muerte inocente con su mensaje de violencia callejera». El editorial del 23 de diciembre, «UGT-PSV: esta casa es una ruina», prefiere el intertexto cinematográfico; «El disputado voto del indeciso» (F. Bocos, 3 de febrero) mezcla a Delibes con el Nuevo Testamento: «Bienaventurados los indecisos porque ellos decidirán el color del próximo gobierno». Más Testamento del Nuevo: en «La Última Cena» (4 de octubre), Martín Prieto recuerda la vez postrera en que cenó con un comisario Elías, muerto al poco tiempo. Por su parte, J. March Jou firma un artículo sobre Javier de la Rosa, «KIO y el nombre De la Rosa» (3 de febrero), que, trayendo relaciones por los pelos, asienta: «El affaire De la Rosa-KIO parece más ficción de la célebre novela de Umberto Eco que pura realidad». En fin: «Parque jurásico financiero» (J. Madina, 19 de noviembre) metaforiza que «en el continente de la renta variable los monstruos también se rebelan. El tiranosaurio rex es Ned Davis». Pues bueno.
Larra lo había repetido en «Donde las dan las toman»: «todo está dicho, sólo nos toca decir: Non nova, sed nove». Ya saben: nada nuevo, sino de nuevo.


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