sábado, 18 de febrero de 2017

IX, 38. «No vaya a tirarle al suelo», Frasquito

En Misericordia (Madrid, Viuda e Hijos de Tello, 1897), el corcel de la caballería enamorante no ensalza ya, sino que humilla, y sólo sombra es, vaga aspiración de una frustrada burguesía. Galdós, otro liberalote, retrata el presente ruinoso de nostálgicos venidos-a-menos, y vislumbra un futuro que será esperanzador si lo conforman personajes como Benina, representante de un pueblo que dejaría de serlo si cabalgara.
Según ley histórica que rige al mañana, cuando llegue, ese futuro desengañará a Galdós. Tal que a su personaje Frasquito Ponte, quien desde la indigencia clandestinizada de acuerdo con dictados de su código de moral pequeñoburguesa —especialista en eslabonar apariencias—, cabalga sobre pretéritos. Un cuento de la lechera al revés (o en diferido, no sé):

Yo he sido un buen jinete. En mi juventud, tuve una jaca torda, que era una pintura. Yo la montaba y la gobernaba admirablemente. Ella y yo llamamos la atención en La Línea primero, después en Ronda, donde la vendí, para comprarme un caballo jerezano, que después fue adquirido… pásmese usted… por la Duquesa de Alba, hermana de la Emperatriz. (XVIII)

Todo cuento de la lechera es el envés del viejísimo motivo del ubi sunt?: «¿Qué se hicieron las damas, / sus tocados y vestidos, / sus olores? // ¿Qué se hicieron las llamas / de los fuegos encendidos / de amadores?» (Manrique, Coplas, XVII). También doña Paca, otra representante del quiero-y-no-puedo a quien mantiene su criada Benina, es objeto del peculiar ubi sunt? galdosiano: «Ved aquí en qué paran las glorias y altezas de este mundo» (VII). Qué sería de la literatura moderna sin la clásica.
Obdulia, hija de doña Paca, se sitúa asimismo en esta genealogía que desde las ruinas del ubi sunt? trata de trepar por el cuento de la lechera: sueña con grandezas e imagina a Frasquito paseando por la Castellana a lomos de corcel brioso. Sus afanes se cumplirán mediante un mecanismo narrativo que un lector futuro consideraría propio del realismo mágico: un cura inventado por Benina, don Romualdo (XX), anuncia que a doña Paca le ha correspondido una herencia. Con el dinero, don Francisco Ponte Delgado alquila un caballo para ir a una excursión «con varios amigos de la mejor sociedad» (XXXVI). Pero los tiempos no pasan en balde, la ciencia adelanta que es una barbaridad y la mayoría de los excursionistas —frente a lo que ocurría en Pepita Jiménez— acude ya en bicicleta.
Sacando partido al alquiler del jaco, Ponte, «galán manido», ronda la calle de Obdulia, su dama, en cliché mostrado en las novelas de Valera y Clarín. Obdulia y doña Paca, que viven ya no en casas y palacetes con ventanas y balconadas, sino en un «cuartucho interior, sin un solo agujero a la calle», toman prestado el balcón de un vecino. De nuevo, la consabida escena:

¡Con qué placer y curiosidad salieron […] para ver al jinete! Pasó muy gallardo y tieso en un caballote grandísimo, y saludó […], parando el caballo y haciendo mil monerías. Agitaba Obdulia su pañuelo, y Doña Paca […] no pudo menos de gritarle desde arriba: «Por Dios, Frasquito, tenga mucho cuidado con esa bestia, no vaya a tirarle al suelo y a darnos un disgusto». (XXXVII)

Desaparecido el corcel de antaño, sólo queda el caballote (o la bestia); Frasquito Ponte es un pálido recuerdo de don Luis de Vargas o de don Álvaro Mesía, y apenas si se ejercita, como jinete, en monerías; con su pañuelito cursi al viento, Obdulia queda muy lejos de la libertad ventanera de Pepita Jiménez o de la adorable figura de Ana Ozores… Para colmo, la señora madre de la cortejada desconfía miedosa, en plan proyecto de suegraza, de la destreza del caballista, y le grita instrucciones que un psicólogo de guardia no dudaría en apelar de castrantes.
Raro es que yerren las señoras mayores que dan consejos sin que se los pidan. Al volver de la excursión, el animal de Ponte —se me permita la centáurica ambigüedad—, mareado por el vertiginoso discurrir de las bicicletas y mal gobernado, «quiso emanciparse de un jinete ridículo y fastidioso» (XXXVII) y tiró a Frasquito al suelo. El caballo escapó desbocado.
Tal que el tren de la Historia.


domingo, 12 de febrero de 2017

III, 54. Con la Iglesia hemos topado

Tiempos los de Leopoldo Alas de sacristanes en guardia y obispos de guardia. Si se echa un rato por las bibliotecas o librerías de viejo de Internet, cuya navegación sin gota de agua no requiere carné ni parné, acaban hallándose las Pastorales del Rmo. P. Martínez Vigil de la Orden de Predicadores. Obispo de Oviedo, Conde de Noreña, etc. Tomo I (1884 á 1892), Madrid, Librería Católica de Gregorio del Amo, 1898. Un capricho de cierto ocio indagador: el de quien va comprobando la hipótesis de que cualquier hecho presente fue ya experimentado en lo pretérito. Es que, cuando no amortajado por los eruditos, el pasado resulta explicativo.

miércoles, 1 de febrero de 2017

IX, 37. Pie a tierra

Recién terminada la publicación por entregas de Pepita Jiménez, que por mayo era por mayo de 1874, el sacerdote, erudito y musicólogo José María Sbarbi —otra neurona del memorión de Wikipedia— se apresuraba a reseñarla en «Un plato de garrafales (Juicio crítico de Pepita Jiménez, por D[on]. J[uan]. V[alera].)», Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, IV (1874), pp. 187-190 y 203-205. Con gracejo gaditano que procuraba contener la mala baba, criticó Sbarbi «estas epístolas no católicas, en cuanto al lenguaje se entiende» (p. 204a).

sábado, 21 de enero de 2017

IX, 36. Álvaro Mesía, «admirado, tal vez amado»

El esquemático conflicto interno de Luis de Vargas que soportaba el raudo andamiaje de Pepita Jiménez, se vuelve todo complejidad, magnífica complejidad en La Regenta (Barcelona, Arte y Letras, 1884-1885) de Clarín. Como función conectada con el crecimiento, la complejidad es asunto, entre otros, demográfico: en las novelas queda ligado a la creación de más personajes. Tal teorema literario explica que el conflicto privado de Pepita Jiménez se redimensione como público en La Regenta: entre el amor carnal propuesto con don Álvaro Mesía, figura machoálfica de chulesca vaciedad, y el amor un algo más que espiritual que explota en don Fermín de Pas, magistral catedralicio. Clarín multiplica por dos al seminarista secularizado que escribía sus cartas en la novela de Valera.

lunes, 16 de enero de 2017

IX, 35. Luis de Vargas, «desempedrando las calles»

Para mi amiga Esther Huete, que leyendo
estas Literaventuras me sugirió la cita de Lorca

Valera publicó Pepita Jiménez en cuatro entregas del tomo XXXVII de Revista de España, números 146-149 (28-III-1874, 13-IV-1874, 28-IV-1874 y 13-V-1874). Aunque con vistas a la posterior edición de la novela como libro (Madrid, J. Noguera, 1874) pulió el texto —lo estudió Ana Navarro (CILH, 10 [1988], 81-103), quien mencionaba los descuidos que el autor reconocería en 1897—, pudo haber escapado a su control cierto detalle. En carta del 4 de abril, previa (claro) a la ya citada del 4 de mayo, Luis de Vargas, quejándose del ajetreo del campo, indica: «aquí me paseo mucho a pie y a caballo»; frase que, procediendo de la primera entrega de Revista de España (página 160), se estampó idéntica en la edición Noguera (página 40). ¿Minucia? Si a caballo se refiere a montar cuadrúpedos, como una mula, lo es; de lo contrario, quizá en su plan primigenio era ya caballista Luis, pero, a medida que iba escribiendo, Valera apreció la fuerza del motivo (¿o estereotipo semántico?) del enamorar ecuestre. Y decidió explotarla, mediante el expediente de cambiar planes y desdecirse, sin corregir la incoherencia narrativa.