miércoles, 7 de diciembre de 2016

VI, 27. Ercilla, inventor de Chile (2)

A tenor de los registros con que contamos, centuria y pico mide el influjo onomástico del magín de Ercilla en Chile. Si en 1862 constataba Andrés Bello, no sin cierta inseguridad, que «debemos suponer que la Araucana […] es familiar a los chilenos», setenta años después ya asentaba Eduardo Solar que «todos los Caupolicanes, las Fresias, las Tegualdas que circulan por nuestras calles reconocen como auténtico padrino a nuestro poeta […]. En Chile respiramos a Ercilla y no lo sabemos» (1933). Es que de moda andina estaba cristianar a los recién nacidos con los nombres de los personajes ercillescos.
No solo las criaturas por sus progenitores; también los negocios seguían siendo nombrados seis décadas más tarde—  por los emprendedores chilenos de acuerdo con el santoral inventado por Ercilla. Pronunciando una conferencia en la Universidad de Besançon el 14 enero de 1997 («La Araucana de Alonso Ercilla y la fundación legendaria de Chile: Del Araucano ideal al Mapuche terreno», Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2007, s.p.), Waldo Rojas subrayaba precisamente que «los hábitos onomásticos nacionales» de aquel país

ponen de moda, de tiempo en tiempo, sin gran distinción de clases, el bautizo de los hijos con nombres de pila tomados de Ercilla, como Galvarino, Lautaro, Nahuel, Caupolicán, Fresia, Guacolda o Millaray. Largo sería consignar aquí la lista de estos y aún otros nombres evocadores atribuidos a empresas industriales o entidades comerciales diversas: compañías mineras, casas de seguros, empresas editoriales, transportes, hoteles, mercancías, etc.

Hasta en el deporte hay llamativas huellas de los personajes de La Araucana: «el club de fútbol más popular del país es aquel que lleva el nombre del cacique Colo-Colo», informa Rojas antes de añadir que el escudo de dicho equipo presenta «el perfil estilizado de un indio», una «insignia, que, por lo demás, miles de chilenos lucen orgullosamente en el ojal». Relatan los anales que en 1925, tras reunirse —entre otros sitios inspiradores— en el bar Quitapenas, un grupo de jugadores jóvenes, rebeldes y descontentos del Magallanes fundaron el Colo-Colo Foot-Ball Club. Según su web, un tal Luis Contreras «escogió el nombre del Cacique araucano Colo-Colo para el nuevo equipo; nombre que identificaría lo verdaderamente chileno y popular».
Para interpretar ese significativo adverbio tan de tribu venida arriba, verdaderamente, conviene leer a Castillo Sandoval, que en 1995 trató sobre tal «desplazamiento onomástico que permite bautizar al chileno patriota con el nombre del araucano heroico». Y le dio un alcance que conecta con la raíz de la ideología —o idolatría— nacionalista, pues

va acompañado de una transferencia análoga entre la República de Chile y el territorio de Arauco: así como el nombre de Caupolicán es definitivamente chilenizado, la Araucanía es apropiada y sustituida por Chile. Arauco y Chile son los elementos territoriales de la tensa ecuación ideológica que se remonta a Ercilla, la que puede ser resuelta al lograrse por fin la posesión efectiva de la Araucanía y la capitulación de sus rebeldes habitantes.

Vamos, que en el imaginario nacionalista —expresión que debe cargar con el peso de tanta redundancia— chileno, la «fisonomía» de los caciques araucanos que fueron personajes labrados por Ercilla, que a Solar Correa le parecía «perfectamente diferenciada», forma un orbe completo que transfiere sus cualidades a los que, aun descendiendo de criollos y otras especies europeas, quieren mirarse, por habitar el mismo espacio del que los mapuches indígenas fueron desplazados por sus ancestros, en aquel espejo que sintetizó así Solar:

Caupolicán, sereno, magnánimo y justiciero, contrasta con el vivaz y astuto Lautaro; Colocolo, prudente y razonador, con el impulsivo y colérico Tucapel; Lincoyán es fuerte y leal; Peteguelén, áspero aunque bondadoso; el “espaldudo” Rengo parece simbolizar la fuerza bruta; Galvarino, la fiereza indomable del bárbaro.

Es una evidencia que el pasado es cada día más extenso. No resulta tan evidente que, además, predetermine el presente. Aunque si ese pasado es poético, lo predetermina con gracia: con retórica y ritmo. Natural que los jóvenes y rebeldes futbolistas que fundaron el Colo-Colo después de una noche de farra, fueran a por todas, magnánimos, coléricos, leales, ásperos, prudentes, brutos e indomables. Todo junto, como en un cóctel poliédrico y explosivo que hubiera servido Ercilla en el Quitapenas. Y con mucho ron Cacique, que es el apelativo coloquial con que se conoce al club. Si, como concluye Castillo, «para tener derecho a Arauco, el chileno, sea nacionalista o americanista, conservador o revolucionario, debe disfrazarse del Caupolicán de Ercilla», aquellos jugadores que aspiraban a conquistar —después de habérselas bebido— todas las copas, decidieron transferirse o travestirse de Colocolos.
Disfraces que, con todo, no pueden superar, más allá del carnaval nacionalista, la contradicción evidenciada por Rojas entre esta extensión onomástica indigenista y el hecho de que «el mote de “indio” es en Chile un agravio difícilmente tolerable». Ajenos sin duda a las cosas estas de la filosofía de las antítesis y la psicología social de las transferencias, los hinchas del Colo-Colo cantaron, entre 1941 y 1943, un himno que incluía estrofas como esta:

Sucesores gloriosos de Arauco,
Colo-Colo por dios tutelar,
nuestro club es pendón de la raza
más heroica, pujante y tenaz.

Que también gasta lo suyo de gracia, retórica y ritmo.


domingo, 11 de septiembre de 2016

VI, 26. Ercilla, inventor de Chile (1)

Para José Ángel Sánchez Ibáñez,
que animó a recuperar estas literaventuras

Es un clásico: al poco de emerger una nación naciente, habrá legión de historiadores comprometidos —esa mezcla explosiva— que se lance a la búsqueda de un libro fundante, máxima expresión de la literatura que influye en la vida. El coñac erudito es lo que tiene: unas copas de más de Fundador, y a fabular. Vamos, la «historia y otras barbaridades» a que se refería Guerra Cunningham al tratar sobre la conformación del imaginario nacional chileno[1]. En este caso, tal libro es un poema épico, La Araucana (1569-1589), de Alonso de Ercilla. Madrileño y soldado del Rey.
En forzada posición de firmes, bailando al quieto son de música callada por lustros, los libros aguardan, hermanados y fieles, en los anaqueles de la biblioteca. Entro en la mía buscando las Semblanzas Literarias de la Colonia, que vagamente recuerdo haber comprado cierta tarde, cuando estudiante, en la Cuesta de Moyano. Los libros nos acompañan en nuestras biografías. Y nos las van haciendo. En su primera página me reencuentro con esta literaturización debida a Eduardo Solar Correa:

Novelesca historia la de Ercilla. Era un hermoso paje del príncipe don Felipe, hermoso y tímido, pero arrogante, con todas las arrogancias del alma castellana. Un día el paje de finas facciones y ensortijados cabellos se trasmuta, de súbito, en soldado aventurero y abandonando los muelles halagos de la Corte, se viene a Chile donde la vida es áspera, azarosa… Tenía sólo veinticuatro años. Un lustro después regresa a su patria. Y he aquí que la singular aventura lo ha hecho poeta, el primer poeta épico de España.

En 1933 se admiraba Solar Correa de que «la influencia ercillesca» sobre «nuestro ambiente ideológico», la de su «mito araucano», no hubiera sido estudiada: «Tal vez no exista otro libro —libro literario— que haya ejercido un tan profundo y general ascendiente en la ideología de un pueblo». Porque lo cierto es que el «proceso de canonización» de La Araucana —según lo llamó Castillo Sandoval— fue temprano en la joven República chilena, cuyo primer diario oficial se titulaba… Sí: El Araucano (1830-1877). En él participó uno de los más extraordinarios intelectuales hispanoamericanos, Andrés Bello, quien en 1862 hacía de La Araucana «la Eneida de Chile» y presentaba a su patria de adopción como «único hasta ahora de los pueblos modernos cuya fundacion ha sido inmortalizada por un poema épico», uno de los que, a su juicio, «tiene mas de historico i positivo en cuanto a los hechos». Para Bello, Ercilla elige como «protagonista» al indígena Caupolicán y «se esplaya mas a su sabor» en «las concepciones […] del heroismo araucano», porque, frente a Virgilio, «no se propuso […] halagar el orgullo nacional de sus compatriotas», sino exaltar, «junto con el pundonor militar i caballeresco de su nacion, sentimientos rectos i puros que no eran ni de la milicia, ni de la España, ni de su siglo».
Tres de guerras chilenas entre mapuches o araucanos y españoles, primero, y entre criollos y mapuches, después, dieron al fin, en 1883, con la victoria de la República de Chile. Llevó a cabo esta conquista definitiva sobre los indígenas el regimiento precisamente designado como Caupolicán. Ironía histórica o injusticia poética, vayan ustedes a saber. El caso es que Chile, según Castillo Sandoval, «borra a la Araucanía con una conquista militar cuyos emblemas —procedentes a todas luces del mito erciliano— hacen posible que la ocupación se represente como […] una recuperación».
El mito erciliano es, claro, una de las posibles interpretaciones de la partitura compuesta por Ercilla, tan preocupado por evitar que las hazañas españolas quedaran olvidadas. Para que un poema transforme su argumento en mito —haciendo creer, por ejemplo, que Caupolicán protagoniza La Araucana— y comience a influir en la Historia, es preciso administrar sobre sus lecturas dosis continuas del veneno del anacronismo. Una de las misiones clave de cualquier nacionalismo. El criollo de Chile adoptó —y por tanto adaptó— la epopeya de Ercilla como bandera de afirmación identitaria, y esta «apropiación política» de La Araucana fue, en palabras de Castillo Sandoval, «piedra angular del discurso patriótico chileno», cuyos criollos criaron el mito erciliano —como Pedro de Oña en su Arauco domado (1596)— y lo llevaron durante tres centurias hasta la «pugna simbólica» de la República «por igualar Arauco y Chile», raíz de esta «identidad nacional».
Domingo Faustino Sarmiento había asentado precisamente en 1883: «La historia de Chile está calcada sobre la Araucana», de modo que «los chilenos […] se revisten de las glorias de los araucanos» y designan a sus regimientos y bélicos barcos con los nombres de «Lautaro, Colocolo, Tucapel, etc.», «adopciones […] benéficas para formar el carácter guerrero de los chilenos». Estaba quizá notando Sarmiento que este proceso fue uno de los más evidentes de literaturización de la vida. Quién se lo hubiera asegurado a don Alonso. Soñaría Ercilla, lector en latín de Virgilio y de Lucano, el mismo viejo sueño de los poetas épicos: subsistir en la memoria de múltiples generaciones venideras. Él, que blandió espada como sus héroes, iba a lograrlo.
No sabemos si sabría que la inmortalidad seguiría consistiendo en un baño de sangre.

[1] Hago derivar este post del siglo y medio de reflexiones y análisis que figuran en los siguientes textos: A. Bello, «La Araucana de don Alonso de Ercilla y Zúñiga», Anales de la Universidad de Chile, 21.1 (1862), pp. 2-10 (pp. 7 y 9-10); D. F. Sarmiento, Conflictos y armonías de las razas en América. Tomo primero, Buenos Aires, S. Ostwald, 1883 (p. 34); E. Solar Correa, «Alonso de Ercilla (1533-1594)», Semblanzas Literarias de la Colonia [1933], 3ª ed., Buenos Aires-Santiago de Chile, Francisco de Aguirre, 1969, pp. 5-32 (pp. 5, 11 y 30-32); R. Castillo Sandoval, «¿“Una misma cosa con la vuestra”? Ercilla, Pedro de Oña y la apropiación post-colonial de la patria araucana», Revista Iberoamericana, 170-171 (1995), pp. 231-247 (pp. 231-234 y 245), y L. Guerra Cunningham, «De la historia y otras barbaridades: La Araucana de Alonso de Ercilla y Zúñiga en el imaginario nacional de Chile», Anales de Literatura Chilena, 14 (2010), pp. 13-31.


jueves, 1 de septiembre de 2016

X, 24. Una alocución

Lleva el blog sin actualizarse unos cuantos meses. Los que el autor ha dedicado a menesteres más compatibles con los géneros literarios del acta, del informe y del reglamento. También del discurso. Sirva esta laudatio, pronunciada el 9 de marzo del presente año de gracia, para dar testimonio de tales tareas otras:

domingo, 1 de noviembre de 2015

IV, 16. Filología futbolística

Persiguiendo a quienes defraudan a Cataluña, la Agencia Tributaria trinca a Javier Alejandro Mascherano: millón y medio de euros se le habían distraído. Para ir pagando ahora los 300 millones que a las farmacias debe el Govern de Mas, que anda alelado con la catetilla cursilada esa de la desconexión. Pero vamos a lo que de verdad importa a la gente: ¿podrá jugar Mascherano la enésima pachanga del siglo?

sábado, 24 de octubre de 2015

XI, 11. A Marte a por tabaco

Nuevas mandan los voraces y veloces insectos mecánicos —antenas y ojos y patas de alambre fino— de la NASA, que vuelan con rumbo de tiralíneas por entre el lóbrego negror del espacio frío e infinito.