sábado, 29 de abril de 2017

IV, 19. La «raza» defectuosa de los tatarabuelos

Así pues, entre 1494 y 1670 habían los lexicógrafos detectado cuatro estratos —claro, la filología como arqueología de las palabras (Literaventuras, VII, 8, 9 y 10)— en el significado de raça. Dibujemos el correspondiente esquema, o esqueleto de blanquísimos huesos de claridad, por ser didácticos a tope:

Procedencia grecolatina:
[2.2] raza del sol: rayo de sol.
[2.4] raza del paño: falta en el paño.
[1.1 ß 2.4] raza: linaje.

Procedencia árabe:
[3] raza: cepa, raíz.

El Corpus Diacrónico del Español (CORDE), de la Academia, contiene 250 millones de registros de uso del idioma, desde sus orígenes hasta 1974. Que es que no hemos hecho más que hablar. Ahí obtendremos las condiciones de laboratorio para experimentar y responder a la pregunta sobre si los más viejos hablantes de español emplearon raça (y raza) en los cuatro sentidos sintetizados en la pizarra electrónica. O sea, sobre la cuestión de si los primeros lexicógrafos hicieron bien su trabajo.
Magníficas, claras y ahistóricas son las cifras redondas: 1000-1500. Durante este aproximado primer medio milenio del español, CORDE sopla que el par raçaraza figura en 29 casos de 19 documentos. Seleccionemos algunas de esas recurrencias para examinar a los cuatro lexicógrafos que sólo detectaron las acepciones [2.2] y [2.4], es a saber, Nebrija y Alcalá (1494-1516) y Casas y Percival (1570-1591):

[2.2a] ‘rayo de sol’: «los filósofos epicúreos que creyeron ser los elementos criados de los átomos que en la raça del sol parecen» (Juan del Encina, Traducción de las Bucólicas de Virgilio, 1496).
[2.2b] ‘rayo de luna’: «En la cama en que durmía / dava una raça de luna, / que quasi cosa ninguna / encubrirse me podía» (Juan del Encina, Cancionero, 1481-1496).

[2.2a] es el único caso registrado de raça de sol. Fuera, pues, algo exagerado haber situado esa acepción como primera para raça. Si adoptamos la perspectiva de quien lo hizo, Nebrija, parece además que estamos ante un muy reciente cultismo —por claridad genealógica prefiero llamarlo neolatinismo—, que por si fuera poco un mismo hablante, Encina, trasladó a raça de luna [2.2b], no detectado por los primeros diccionarios. Tales hechos de habla aconsejan —aun a costa de enmendar la plana al maestro Nebrija— reformular la acepción [2.2] de raça, unidad léxica independiente, como ‘rayo de luz procedente de un astro’.
La acepción [2.4], por el contrario, está bien arraigada en el uso de los siglos XIV y XV:

[2.4a] «Diz la dueña, sañuda: “Non ay paño sin raça / nin el leal amigo non es en toda plaça”» (Arcipreste de Hita, Libro, h. 1330-1343).
[2.4b] «[…] veo paño / que sea limpio de raça» (Gómez Pérez Patiño, antes de 1435, en Cancionero de Baena).
[2.4c] «141. En el escarlata cae la raza» (Anónimo, Seniloquium, h. 1450).
[2.4d] «Y que el tundidor no fuese osado de tundir ningún paño sin lo mojar primeramente, y que al tiempo que le llevase fuese obligado de lo escojer y catar y mirar, para si en el tal paño ubiese alguna canilla o marra o raza o mancha, lo dixese y descubriese luego» (Alonso de Santa Cruz, Crónica de los Reyes Católicos, 1491-1516).

De nuevo, raça funciona como unidad independiente (aquí, de paño), por lo que más adecuado al uso hubiera sido el registro lexicográfico de [2.4] raça, ‘falta en el paño’. Incluso el proverbio [2.4c] prescinde en su formulación de paño para sostener que —valga mi paráfrasis— la más noble de las vestiduras, la escarlata de príncipes y cardenales, puede recibir una tacha. O sea, el refrán que ya vimos aducido en 1601 por Rosal: «en el mejor paño cae la mancha».
Por lo demás, ninguno de los diccionarios de los siglos XV-XVII consultados hasta ahora advirtió el sentido general de raza, ‘tacha’, que se observa en los siguientes casos en que no se aplica a paños, y que por tanto precisan postular una subacepción [2.4.1] para descodificarlos no desde el contexto —como estoy haciendo en este experimento—, sino desde un diccionario más completo:

[2.4.1a] «A los tus suçessores claro espejo / será ¡mira! el golpe de la maça, / será ¡mira! el cuchillo bermejo / que cortará doquier que falle raça» (Francisco Imperial, antes de 1409, en Cancionero de Baena).
[2.4.1b] «Si mirando quien vos mora / una gracia tan sin raza, / con que qualquiera señora / en estos tiempos de agora / osaría mostrars’en plaza, / vos tentare, gloria vana, / qu’en tales tiempos s’ofrece, / acordaros, señora hermana, / […]» (Anónimo, Cancionero de Pero Guillén, antes de 1492).
[2.4.1c] «No sé, buen amor, qué te faza. / […] / Que el Señor que te crió / tan bruñida te sacó, / que en ti sola no dejó / un pelo ni una raza» (Cancionero Musical de Palacio, h. 1500-1550).

Que raza significara ‘fallo, tacha, defecto’, así, en general, da sin duda que pensar desde nuestro hoy. De momento, lo que pienso es que para que una tal raza no caiga en este post por cansino o largo, lo voy a cerrar ya.
A la espera de su continuación.


sábado, 22 de abril de 2017

IV, 18. Rayo, raído, raíz: hacia «raza»

¿Y cuando abren durante ese segundo que se va, un viejo álbum custodiado en el cajón del ángulo oscuro, una carpeta del ordenata, la nublada Instagram… para revisar una colección de fotos suyas? ¿Alguna probable conclusión? Todo, sí, cambia, razón por la cual cierta norma subyacente —y paradójica, ojo— rige la condición humana y sus creaciones: la permanente transformación. Los poliédricos procesos de metamorfosis en que opera esa ley son el espacio donde a sus anchas se mueven las Humanidades. La etimología y la lexicografía, por ejemplo. Echemos un vistazo —en el Nuevo Tesoro Lexicográfico de la Lengua Española[1], de la Academia— al caso de raza, voz que devuelven múltiple los ecos de los recovecos de la Historia.

domingo, 16 de abril de 2017

IV, 17. Lengua lineal y lengua en estratos

Una experiencia compartida: cuando se explica la lengua propia a estudiantes no nativos, preguntan estos por asuntos que uno ni se había planteado. Suele ser porque quien aprende una lengua ajena espera que ésta responda a los mismos criterios que la materna y, sobre todo, que ofrezca soluciones lógicas o planas. Por ejemplo, en lo que acabo de escribir, «cuando se explica…», la regla poliédrica cuando = si rompe los esquemas, porque, como los niños, quienes aprenden otra lengua requieren soluciones unívocas. Pretenden una lengua lineal, con una sola dimensión: una lengua artificial en que si fuera marca exclusiva de condicionalidad y cuando marca exclusiva de temporalidad.

sábado, 15 de abril de 2017

IX, 40. Retrogusto cartaginés

Ah de las pruebas…: a cuenta del soneto XXXIII de Garcilaso, sostiene Vranich que los poetas españoles del XVI sustituyeron las ruinas romanas por las cartaginesas, pues demasiado próximo estaba el Saco de Roma (1527) como para remover remembranzas del solar que las tropas de Carlos V dejaron en la Ciudad eterna[1]. Qué sencillo suponer sin documentar. Los ritmos de la historia de la poesía, por lo demás, no coinciden con los que ahorman la general: si para los poetas de 1927 resultaron más relevantes los cancioneros del XV y del XVI que la dictadura de Primo de Rivera, para Garcilaso y Cetina, aunque soldados, fueron decisivas las combinaciones, que se hicieron virales, de Castiglione sobre Roma (C = RT3 + Y1) y Tasso sobre Cartago (T = RcT1 + Ya3). La coctelera del XXXIII, también titulado A Boscán desde la Goleta, había obtenido, mezclándolos, esta nueva fórmula: G = RcT3 + Ya1.

domingo, 19 de marzo de 2017

IX, 39. Veinticinco años de caballería enamorante


mi corazón por una galopada
Olga Bernad

La caballería enamorante del XIX se desintegra en un cuarto de siglo: si don Luis de Vargas consiguió muy pronto (Edad de Oro) los favores de una predispuesta Pepita, a don Álvaro Mesía le costó muchas rondas y esfuerzos muchos (Edad de Plata) predisponer a la Regenta. En la Edad de Hierro de las bicicletas, Frasquito Ponte, sin el don del tratamiento y de la equitación, acabó rechazado por su corcel y descabalgado. Vencido por las bicis. Don Luis se habría sentido sobre una bicicleta tan ridículo como a lomos de su mula vieja, y don Álvaro nunca habría pedaleado ni hecho el caballito. Con la expresión empleada por el personaje de Ronzal en La Regenta, ellos no hubieran aguantado ancas (II, 20).