En lo que
Herrera, comentando el I de Garcilaso, llamó «perpetuo i pequeño espacio» del
soneto (Anotaciones, p. 268), es
teóricamente posible injertar un mínimo de doce nombres de urbes y obras
arquitectónicas destruidas por la violencia humana o por el tiempo. Lo prueba la
tabla clasificatoria de las
dos jornadas de la liga de los reductores de ruinas en
miniantologías, que arroja los siguientes resultados:
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lunes, 8 de enero de 2018
viernes, 5 de enero de 2018
IX, 45. La liga de los reductores de ruinas (jornada 2)
Del doctor en
Derecho y capitán Andrés Rey de Artieda (1549-1613), que batalló en Lepanto, ya
vimos que en 1605 publicó su traducción
del soneto de Castiglione sobre las ruinas de Roma. Como participante, con
el alias Centinela, en la valenciana
Academia de los Nocturnos (1591-1594), coincidió el 13 de octubre de 1593 con otro de sus
46 integrantes sucesivos, apodado Sombra: Gaspar
Aguilar, secretario y mayordomo de aristócratas —dado, pues, «a la escritura de
encargo»— y tenido por alguno de los académicos como el mejor poeta de aquella
junta[1].
domingo, 31 de diciembre de 2017
IX, 44. La liga de los reductores de ruinas múltiples
Por lo que
llevamos experimentado[1], se
entiende que los autores de sonetos sobre ilustres e ilustradoras ruinas, casi
nunca las vieron. Castiglione se supone que sí, las de Roma; Herrera quizá, las
de Itálica, que le pillaban cerca, al fondo a la izquierda del barrio de
Triana. Para contemplar las de Cartago, a Garcilaso, Cetina y Tasso no les
bastó con pisar las arenas del desierto africano: tuvieron que echar mano de
alguna guía de viajes. Sin problemas, pues, dada su condición de lectores
impenitentes. Ayudaría, por ejemplo, el Libro I de las Historias de Polibio, que adujo y recondujo (hacia La Goleta)
Herrera en sus Anotaciones (p. 472):
domingo, 17 de diciembre de 2017
IX, 43. Herrera modifica una teoría que se sabe
Como Garcilaso
y Cetina,
también multinacional poeta soldado de Carlos V fue Bernardo
Tasso (1493-1569) en Túnez. Y como ellos, su cuarto a
espadas y plumas había echado sobre las ruinas de Cartago; que, aunque
sagradas, sólo quedaron en su canto como telón de fondo en que lamentar que
«Marte sanguinoso» lo hubiera alejado de la amada. De modo que su soneto venció
por el lado del yo el característico bitematismo a lo
Castiglione: apenas el primer cuarteto de Tasso se
dedica a invocar a los restos supuestos de la antigua Cartago y al africano desierto
abrasador que lo quisieran escuchar. Así que T
= RcT1 + Ya3. Como leímos ya hace
tiempo «Sacra ruina che ‘l gran cerchio giri…» (Rime
[ed. 1537], III, 9), lo recordaré ahora con pálida versión
sonetil mía:
sábado, 15 de abril de 2017
IX, 40. Retrogusto cartaginés
Ah de las pruebas…: a cuenta del soneto XXXIII de Garcilaso, sostiene Vranich que los poetas
españoles del XVI sustituyeron las ruinas romanas por las cartaginesas, pues
demasiado próximo estaba el Saco de Roma (1527) como para remover remembranzas del
solar que las tropas de Carlos V dejaron en la Ciudad eterna[1]. Qué sencillo suponer sin documentar. Los ritmos de
la historia de la poesía, por lo demás, no coinciden con los que ahorman la
general: si para los poetas de 1927 resultaron más relevantes los cancioneros
del XV y del XVI que la dictadura de Primo de Rivera, para Garcilaso y Cetina,
aunque soldados, fueron decisivas las combinaciones, que se hicieron virales,
de Castiglione sobre Roma (C = RT3
+ Y1) y Tasso sobre Cartago (T = RcT1
+ Ya3). La coctelera del XXXIII, también titulado A Boscán desde la Goleta, había obtenido, mezclándolos, esta nueva
fórmula: G = RcT3 + Ya1.
viernes, 3 de julio de 2015
IX, 31. Si Garcilaso volviera
De qué está hecha la poesía. O qué cosa sea. Habrá quien
responda —unos ojos azules de por medio, esa sonrisa (precisamente esa) o quizá
una rubia cabellera, no sé— que eres tú. El típico poeta ligón. Un caso de
libro.
domingo, 21 de junio de 2015
IX, 30. Cálculos de arquitectura retórica
Un
mantra deja asentar, sobre mentes poco inquietas, revelaciones de la verdad:
sucedáneos. Por caso, que las Humanidades forjan un pensamiento crítico. Sucede
que la esencia del mantra, la repetición litúrgica, no puede ser más ajena a la
crítica. Las evidencias, además, no siempre confirman que el estudio humanístico
esté sometido al control
racional de los hechos y los datos, que por fuerza se opone al criterio
de autoridad: lo relevante no es quién siente cátedra, ni depende la verdad de
cuáles fueren los labios que la pronuncien. Agamenón
puede hallarla, tanto como su porquero. Mas nunca si acatan; sí, quizá, cuando con
tino experimentan y razonan.
sábado, 13 de junio de 2015
IX, 29. Castiglione se queda de piedra
La
Sala XVIII del Museo della Civiltà Romana expone
maquetas que reconstruyen la topografía de la Roma arcaica, desde los tiempos del
rey Tarquino hasta las décadas iniciales de la República. Próximas a un vado
del río Tevere (o Tíber) se alzan las siete colinas, a partir de cuyos primitivos
asentamientos se originó la ciudad. Son los colli
con que vimos a Castiglione
abrir su celebrado soneto, que no necesitaba título, pues, como solía ocurrir, iba
este encriptado en el verso inicial: superbi
colli = Roma. Recordémoslo en una segunda traducción española —anónima y más
fiel que la de Rey de Artieda—, que en 1904 rescató Foulché-Delbosc de un
manuscrito del siglo XVII, Espagnol 372 (fol. 252v), que
custodia la Biblioteca Nacional de Francia:
domingo, 7 de junio de 2015
IX, 28. De ruinas e interinidades
Tal vez poco
tan interino como la dedicación política. Pero en el fragor de la arenga ardiente,
las agitadas manos del orador en la masa entregada, dispuesta a ser modelada por
la voz y el gesto del líder, se entiende que éste se piense eterno. Ahí está el
tribuno Cola di Rienzo para mostrarlo: «deslumbrada su imaginación por las
ruinas de Roma, quiso restaurar su prístina grandeza. Con sus fogosos discursos
logró levantar al pueblo, señalándole los restos del poderío pretérito» (S. Vranich,
«La
evolución de la poesía de las ruinas en la literatura española de los siglos
XVI y XVII», Actas del VI Congreso Internacional de Hispanistas, Toronto, University, 1980, pp.
765-768).
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