sábado, 22 de noviembre de 2014

X, 18. Senda de espuma

El tamagochi del blog exige que lo alimente, que ya son días. Sucede que los nochinoviembres no me han inspirado nunca. Así que este bloguero, que va algo liado —por si fueran poco el viento frío y las noches con prórroga— en madejas de encrucijadas de eso que antes se conocía, en el coloquio digo, como vida real y resultaba ser, hablando técnicamente, flujo espaciotemporal que se escapa del cedazo de las redes sociales, sigue varado en su yo de ex poeta: los versos nos salvan (parcialmente, por supuesto) de tantas perplejidades y ansiedades, no menos que del exceso de importancia y compostura. Que acabo de acordarme, quiero decir, de esta «Senda de espuma». Ustedes perdonen.

Los hombres que cruzaron
una senda de espuma
durante larga y lenta noche,
los navíos fatales y feroces,
los mástiles señalando
el duro y denso destino,
las tensas velas, serenas,
los hombres que cruzaban
la senda de espuma
cabalgando sobre las olas,
la noche iluminada
por el feliz futuro,
las ondas susurrantes
acariciando el casco,
los cascos, los yermos yelmos,
las espadas seguras,
el armígero son de Marte,
los hombres frente al mar,
entre la espuma azul
del incierto camino,
epopeya hacia la paz,
lírica libre de la luna,
los poetas, los escudos y lanzas,
los hombres augurando
su llegada, la llegada
del paraíso apacible y posible,
del día en que sus corazas
se tornaran altares,
el camino de espuma,
las naves enfiladas,
el filo del puñal suave,
las filas de los guerreros
que cruzaban la senda,
el mar de blancas crines,
la pluma absorbiendo
la sangre de los siglos,
la espada y la espera,
los hombres en camino
sobre la senda de espuma,
la noche, los sueños, la noche,
el alba añorada, soñada,
señera de las tropas,
señora del océano rebelde,
el alba que no viene,
que no vino ni vendría,
la senda de espuma
hacia la eternidad
recóndita, recorrida
sin descanso de timones,
el temor, la retina
extenuada, los hombres,
la espera desvanecida,
desvencijada, la espuma.

Los hombres que cruzaron
una senda de espuma.

La vida en verso nos procura —un segundo— alguno de esos descansaderos líricos que Dámaso Alonso halló entre las cuadernas del bueno de Juan Ruiz, mi señor arcipreste, que tanto amó: el descansadero del tráfago y el tener la cabeza en otro sitio.
Y cuando menos, me resuelve un post.


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