sábado, 24 de octubre de 2015

XI, 11. A Marte a por tabaco

Nuevas mandan los voraces y veloces insectos mecánicos —antenas y ojos y patas de alambre fino— de la NASA, que vuelan con rumbo de tiralíneas por entre el lóbrego negror del espacio frío e infinito.
Que hay agua en Marte, sépanlo todos.
Enseguida, avispados emprendedores a quienes deleita la música celeste y planetaria, escrutadores del camino interestelar de los astros extraordinarios, atisban una oportunidad de negocio: cinco estrellas o muchas más se notan ahí fuera, a ojo de buen cubero telescópico, pero les falta a todas un hotelito con encanto donde apartarse del mundanal ruïdo y cultivar un huerto. Intrépidos ingenieros diseñan entonces cohetes rapidísimos, cubículos cobijadores, escafandras de mucho respirar, chips de artificiales mañas, robotizados pinzones.
Hay que viajar a Marte, que dan agua calentita.
Sesudos informes de intelectuales con bata exprimen entonces cálculos infinitesimales en infinitas hojas de Excel, que lo predicen con certeza indiscutible: el viaje devengará siete meses y algún día de propina, y casi todas las fotos saldrán oscuras. Sin contar siquiera que el combustible de los fogones siderales que impulsarán a la argonáutica nave primeriza no podrá asegurar la vuelta. Ni será —añaden— necesario el regreso, porque los atrevidos colones y colonos de la hornada inicial sobrevivirán sesenta y ocho días, sobre poco más o menos.
No importa, que el agüilla, aunque mane indestilada del mineral chernobilizado y cobrizo, es gratis.
Raudos avisos electrónicos propagan al fin la oferta: se precisan cuatro esforzados aventureros, amantes de la gloria —o al menos de multicolores toboganes acuáticos y montañas rusas de vértigo— que salten por vez primera sobre la ardiente arena inhóspita del cruel Marte. Apenas se requiere experiencia previa.
No faltan voluntarios que se alistan en las horas iniciales del llamamiento. Marte será vencido, como ya lo fue la Tierra. Doscientos mil heroicos suicidas forman —claro es que marciales— llamativa cola. Que, total, ya puestos, lo mismo te da aguardar horas y horas, junto a otros inquietos madrugadores, a las puertas de la tienda expendedora del ultimísimo móvil de moda, de la taquilla que va y te vende la entrada al concierto molón y repetible o a uno de los cientos de partidos del siglo, lo mismo te da, que ansiar el regalo de una lenta y durmiente agonía de siete meses y una muerte segura a los sesenta y ocho días. Qué son la agonía y la muerte frente a la experiencia de saborear el agua que da bimensual vida efímera, o frente al monolito perpetuo que guardará, para siempre, la memoria de los valerosos visitantes de marcianos.
Entre algunos de los que pacientes esperan, se extiende ya el murmullo del rumor de que se ha atisbado incluso, junto a la fuente de agua marrón, calcárea y calentorra, un estanco donde ir a comprar tabaco. Sin billete de vuelta.
«Fumar mata», les han advertido otros colegas de cola.


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