domingo, 8 de julio de 2018

IX, 48. IAG 1.0

El peregrino que visite el de la Ciencia Museo de Granada topará, cuando encamine sus pasos hacia la entrada, con inquieto, si no inquietante, cronómetro. Que persistente desgrana, en cómputo raudo y fatal, el número de individuos del humano género que sin descanso se incorporan a la tarea de ocupar el planeta. Si dos horas durase su vagar errante por las estancias del museo, el peregrino comprobará a su salida los muchos miles de criaturas que acaban de llegar, en tan breve lapso, a este mundo. Cuyo gran cambio no es sino el de la superpoblación: «número crece y multiplica voces», que dijera Góngora (Soledades, I, 232). La plaga que no previeron, antes de nuestro siglo, los incapaces dioses. Imposible gestionar con nuestras herrumbrosas herramientas tantos big data asociados a esa multiplicación. De modo que la inteligencia ha de evolucionar para comprender y enfrentar tamaña complejidad. ¿En inteligencia artificial (IA)? Si así fuera, qué mejor entrenamiento iniciático que la Inteligencia Artificial Gongorina (IAG).
Desconozco si ese fue el impulso, además de su afición, que llevó al profesor Carlos Ivorra, del Departamento de Matemáticas para la Economía y la Empresa de la Universidad de Valencia, a editar online parte de la poesía de Góngora. Al mencionar aquí su web como incitación a lecturas gongorinas, aprovecho para felicitar a sus estudiantes de Administración y Dirección de Empresas: tengo para mí que les ha tocado en suerte un espléndido —por completo y curioso— intelectual. No desaprovechen la ocasión.
La lectura de Góngora ofrece una experiencia extraordinaria: la que plantea alcanzar el goce estético tras resolver una serie compleja de problemas. La poesía poniendo en jaque todas las facultades intelectivas, más allá de la cardíaca o romántica. Veamos (en la edición de R. Jammes, Madrid, Castalia, 1994, pp. 211-215 [en que retoco algo la puntuación]) el trecho Soledades, I, 62-83, cuando el náufrago protagonista del relato gongorino, al ver una luz a lo lejos, decide encaminarse hacia ella:

«Rayos —les dice— ya que no de Leda
trémulos hijos, sed de mi fortuna
término luminoso.» Y recelando
de invidïosa bárbara arboleda                       65
interposición, cuando
de vientos no conjuración alguna,
cual haciendo el villano
la fragosa montaña fácil llano,
atento sigue aquella                                      70
aun a pesar de las tinieblas, bella,
aun a pesar de las estrellas, clara,
piedra, indigna tïara,
si tradición apócrifa no miente,
de animal tenebroso, cuya frente                  75
carro es brillante de nocturno día.
Tal, diligente, el paso
el joven apresura,
midiendo la espesura
con igual pie que el raso,                             80
fijo, a despecho de la niebla fría,
en el carbunclo, norte de su aguja,
o el Austro brame o la arboleda cruja.

No me digan cómo la realidad es: no menos musical que compleja, sí. Vamos, un problemón. Ante el cual cabe rendirse, como en 1903 confesó haber hecho, en plan flojeras, Unamuno:

No tengo razón alguna para suponer que Góngora no quiso decir allí algo; pero yo no he acertado a dar con lo que quiso decir. […] me resultó que tampoco podía atinar por el contexto dónde acababa la una oración y empezaba otra, y me hacía una madeja. A los cinco minutos estaba mareado. (ed. Jammes, p. 36, n. 26)

Cuando se repuso, la madeja todavía estaba allí. Es algo de lo que enseña el reto gongorino. De modo que mejor aceptar y afrontar los desafíos. Pongamos, para el de Góngora, que como si fuera un crucigrama. ¿Qué hacemos cuando tratamos de resolver uno? En efecto, completamos las formas cuyas definiciones nos son familiares, y dejamos en blanco los espacios reservados a las que desconocemos, previendo que los cruces a medio rellenar brinden apoyo para subsiguientes revisiones. Veamos un breve —lo breve no tiene por qué ser sencillo— crucigrama:

«Rayos —les dice— ya que no de Leda
trémulos hijos, sed de mi fortuna
término luminoso.» […]

Ansía —ya lo apunté— el peregrino encontrar salida después de su naufragio. A lo lejos, una luz. O sea, una promesa de hallar refugio. Y, porque a ella se va a dirigir, a aquella esperanzadora luz se dirige: «Rayos —les dice— ya que no *de Leda trémulos hijos*, poned fin luminoso a mi tormenta». Perfecto: no pareciera ahora tan difícil, más allá del hipérbaton partido por el encabalgamiento de mi fortuna / término luminoso, y de la vieja acepción de fortuna, ‘tormenta marítima’. Nos queda, sin embargo, una serie por rellenar en el crucigrama: hijos trémulos de Leda, dice la definición, una vez resuelto el otro hipérbaton-encabalgamiento, gemelo del que le sigue en el texto.
En todo mensaje lingüístico concurren signos de diccionario (hijos, por ejemplo) y signos de enciclopedia (pongamos que Leda). En Góngora, y en sus Soledades, estos últimos suelen remitir a la mitología y a la geografía, entre otros campos. Refiere el mito que los hijos gemelos de Leda fueron Cástor y Pólux, a quienes Zeus, su padre, situó al fin entre los astros, en la constelación de Géminis si exactitud demandáramos. Desde tal puestazo fueron tenidos por protectores de los navegantes e identificados con el fuego de San Telmo: un resplandor, que, temblando —el trémulos traído por el verso de Góngora—, brilla en lo alto de los mástiles del barco poco antes de que acabe la angustiosa tormenta. Cuyo final anuncian, pues, tal que con fuegos artificiales de celebración, Cástor y Pólux, bendita parejita.
Acabamos de ver que el pasaje de Soledades, I, 62-64, obedece, para su intelección, a tres especificaciones, de tipo gramatical (g), enciclopédico (e) y contextual (c):

(g) ya que no —> [aunque no]
(e) trémulos hijos de Leda —> [Cástor y Pólux] —> [tembloroso fuego de San Telmo]
(c) mi —> [que me hizo naufragar: «náufrago y desdeñado, sobre ausente», Soledades, I, 9]

Aplíquense, pues, et voilà: «Rayos —les dice—, aunque no (g) sois el tembloroso fuego de San Telmo (e), poned fin luminoso a la tormenta que me hizo naufragar (c)».
Además de con los significados del idioma de su tiempo —es lógico y ajeno a su voluntad—, como ocurre aquí con fortuna, frecuentemente poetiza Góngora sobre la enciclopedia y con hipérbatos y encabalgamientos: una sintaxis y una semántica que se dirían artificiales en cuanto dependientes de una poderosa inteligencia. Pedirle claridad a él, un poeta total, es solicitar peras al olmo o simplicidad al mundo. No, Góngora trastoca nuestras ingenuas expectativas de léxico y sintaxis de andar por casa. Esta generalización, posible cuando ya llevamos descifrados dos versos y medio, nos pertrecha con una guía para lo que ha de venir. Luminosa fortuna: el poema empieza a ser entendido o gozado, la realidad comienza a ser comprendida o vencida.
Es —placer de crucigramistas— lo que tiene adaptarse a los problemas.

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