sábado, 12 de abril de 2014

III, 46. Del poder de la ciencia poética

La palabra escrita es garantía de perdurabilidad. El axioma viene desde la Antigüedad, que ya es trayecto. Con la escritura pudieran salvar los hombres las acometidas del tiempo. El mono sapiens: tal que los crecidos dioses. Tablillas, papiros y pergaminos aseguraban, de tan tenues, que las obras humanas se mantendrían en la memoria, una vez resueltas en polvo aquellas obras y sus personas creativas. El valor mágico de los dibujitos breves y eternos; las grafías, digo.
A los textos, en virtud de ese carácter perenne que sobrepasaba las fronteras de los años y los siglos, se confió todo lo que fuera propio de la divinidad y de los reyes y emperadores, sus vicarios: la verdad, por ser conciso. Además de las cuentas de funcionarios y mercaderes, la revelación religiosa y los códigos legales fueron los primeros contenidos dignos de ser transportados a las escrituras primerizas de épocas borrosas y brumosas. A base de transcribir los reiterados mensajes de los que atesoraban y mandaban, se fue asentando la compleja idea de que no solo lo verdadero era lo único que podía escribirse, sino de que fuera la escritura garantía de verdad. «En escripto yace esto, es cosa verdadera», terminarán sosteniendo los monjes medievales, herederos de aquella tecnología cara y difícil de la escritura, la retórica y la métrica. Que lo que se escribía iba derecho a misa, vamos.
Verdad e inmortalidad, ahí es nada. La escritura guardaespaldas de lo inmutable se solidificó en idea que, como toda superestructura, fue abonada también por una razón económica: tan escaso y costoso (son sinónimos) resultaba el material escriptuario, que era inconcebible que se malgastara en fingimientos, mentiras, falsedades. Solo la producción industrial ha permitido, desde hace cuatro días, derrochar papel masivamente y en vano. A las máquinas, tan necias, qué más les da. A los máquinas, lo mismo.
Los poetas han suspirado, de suyo y de siempre, por la condición de Homero, que inmortalizó inmortalizándose. En los poemas homéricos —los más antiguos de los griegos— situaron los gramáticos de Alejandría el ideal de lengua: medían la mínima distancia con respecto a la perfección perdida, in illo tempore, de modo que lo que vino tras ellos supuso una consecuente y progresiva degradación: la Segunda Ley de la Termodinámica, aplicada a la Filología.
No extrañará entonces que el propio Estrabón asegurara que la Odisea se atuvo a la verdad histórica en un relato fiel: «no forja una fábula increíble», asevera en su Geografía, III, 4, 4, y el motivo no puede ser sino precisamente ese, geográfico: «puesto que los lugares y demás circunstancias aducidas por él, difieren poco de los históricos». Ahí tenemos al griego Estrabón, registrando minucioso los lugares de la Península Ibérica y sus pueblos de pastores y guerreros, asentando sus hechos y costumbres, haciendo ciencia, en dos palabras, sin haber puesto nunca un pie en Hispania. Y creyente en Homero y su «manera novelesca», perfectamente veraz, que para eso no fue el ciego de Quíos «un cavador o un segador», sino un poeta de «ágil destreza»:

no fueron tampoco inhábiles los que, admitiendo la veracidad de estas narraciones y la del poeta, vertieron la poesía de Hómeros en la ciencia, tal como hizo Krátes el de Mallós y algunos otros. Pero hay quienes, entendiendo de un modo harto torpe la obra de aquél, no sólo la despojan de todo interés científico […], sino que juzgan de locos a los que intentan interpretarla.

La poesía ágil y veraz como ciencia. Ahí es nada. Extraordinario el método de Estrabón. Sus ligeras líneas sobre la covada han sido glosadas durante siglos, citadas en ensayos y enciclopedias, puestas a prueba en trabajos de campo, discutidas en monografías. Etnólogos y antropólogos persiguiendo una brumosa verdad descrita por un ausente partidario de las novelerías homéricas. Cuando el doctor Gárate, erudito norteño, recopile una amplia bibliografía sobre el asunto («La covada pirenaica. Patrañas y fantasías», Cuadernos de Etnología y Etnografía de Navarra, VII, 21 [1975], pp. 383-406), le moverá el justo afán «de agotar un tema, que en las publicaciones de Etnología constituía, con el idioma y la hechicería, los rasgos más distintivos de nuestra etnia, siendo totalmente falsas, la covada y la hechicería» (p. 383).
Lo que puede la poesía, aunque no sea lírica.


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