lunes, 23 de marzo de 2015

V, 19. El español en bragas (y 3)


Para Geles, que me regaló un poema
menos extraterritorial que extraordinario

No menos ajena a los hechos que la ecuación lengua = cultura es otra identificación: a una sociedad corresponde una lengua. Interferencia que lleva a la definición de La Mancha Extraterritorial como el conjunto de «quienes eligieron el español como lengua literaria» viniendo de otros idiomas. Entre otros, al parecer, Arguedas o «el guineano Donato Ndongo-Bidyogo». ¿Pero cuál creerá Iwasaki que es la lengua materna de los ecuatoguineanos? Hacia atrás, podría haberse incluido en la lista a los portugueses Jorge de Montemayor o Manuel de Faria e Sousa; a la inversa, al abate Marchena. Quiero decir que es sencillo multiplicar los ejemplos: fuera de la geografía fantástica del Romanticismo y sus prejuicios nacionalistas, apenas hay un territorio en el mundo manchego donde a una sociedad no corresponda más de una lengua. Y qué decir de cuando los escritores viajan más allá de sus bibliotecas y se empadronan junto a ajenas estanterías.
El batiburrillo del artículo de Iwasaki, procedente a buen seguro del modo sucesivo en que se fue generando, mezcla de todo. Seguir desmontándolo sería, por tanto, tarea tendente al más modesto de los infinitos. Ahorraré la fatiga, enfocando (o enfoscando) sólo dos aspectos más. El recurso al topicazo purista, otro legado decimonónico que sigue teniendo su público:

Algunos de los principales idiomas del planeta derivan hacia un esperanto mutante trufado de expresiones en inglés rupestre […]. Si tal fuera el futuro del castellano —como se puede entrever en la escritura de los sms, los foros, las cibercharlas y las redes sociales— me apresuro a señalar como sus principales guardianes a los hispanistas de otras lenguas, los traductores […] y hasta los miles de alumnos de castellano que se matriculan en academias, escuelas y universidades de los cinco continentes.

Aquí ya parece haber lenguas principales en el mundo, que deben de ser las que más rulan por las redes, o sea, las que más hablantes tienen; pero, aparte de esta otra contradicción, mencionaré apenas que una lengua no precisa de guardianes mientras se cibercharle a tutiplén con ella. Y que el autor mezcla aquí el todo (la variedad de registros sociales de cada idioma) con la parte: la norma de referencia estándar, que suele coincidir con la escrita. En cuanto a los estudiantes de español en el mundo, son, sí, «miles». O con más precisión: 18.000 miles en 2012 y 20.000 miles en 2014. Que Iwasaki supondrá que se matriculan para poder leer a Borges. (Ojalá.) Confundir la bruma del deseo con la niebla de la realidad es otro de los repetidos deslices románticos. Una actitud —dejarse guiar por la bruma— que desde hace más de dos siglos lleva a darse de bruces a quienes la practican.
Que veinte millones anuales de estudiantes de español en el mundo se conviertan en «miles», muestra de nuevo que a Iwasaki le pone, como a tantísimos hispanos, lo de fustigarse. Asimismo lo revela este retal cosido en un artículo sobre el español y otras diversiones:

Uno está convencido de que hay sociedades seducidas por el placer del conocimiento, mientras que otras sociedades se entregan al conocimiento del placer. Semejante dicotomía se aprecia cuando uno analiza los presupuestos destinados a la investigación científica y humanística en los países del primer mundo.

De donde se deja suponer que los presupuestos para la investigación científica obedecen al «placer del conocimiento». Curioso cliché que de nuevo hace aguas cuando se aplica a la industria militar, a la industria farmacéutica o a los inversores de capital-riesgo, esos hedonistas que buscan, sí sí, satisfacerse a base de conocer. ¿El lugar al que Iwasaki quiere ir a parar?: «Nuestras sociedades no valoran el conocimiento sino el reconocimiento». Ah, esas sociedades hispano-hablantes, siempre pensando en lo mismo: el conocimiento del placer y el reconocimiento. Como lo prueba el hecho de que los Nobel los ideó un lugareño de Murcia y los Oscar otro del Río de la Plata.
El caso es que «La Mancha Extraterritorial», de don Fernando Iwasaki, fue artículo que tuvo la mala fortuna de acabar premiado con el Don Quijote de Periodismo, patrocinado por una empresa pública española (La Razón, 6-2-2015). No se tiene noticia de que el autor, en plan «quijotería» o coherencia suma, renunciara al galardón, ni a los 9.000 euros del ala que con placer lo acompañaban. Lejos de mí pensar que Iwasaki asuma al fin esas galas del reconocimiento que denuncia en su texto; pero claro queda que hay recompensadores que lo aplauden en este regodearse en el complejo de inferioridad hispano.
Que no decaiga. O recaiga. O como se diga.


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