martes, 20 de agosto de 2013

I, 23. El perro de Pedro y la llave de Pierre

Extraordinario servicio, con perdón, prestaron Pierre Alzieu, Robert Jammes e Yvan Lissorgues cuando, allá por 1975, compilaron una benemérita Floresta de poesías eróticas del Siglo de Oro. Servicio a la filología y a la cultura española, tan tenidas por mojigatas. Con sus decenas de poemas, la colección que en siguientes ediciones fue retitulada Poesía erótica del Siglo de Oro (PESO, para los amigos), desmentiría a quienes pensaban, y siguieran haciéndolo, que España había sido territorio yermo para las letras sexuales. Sin ir más lejos, otro francés, Alexandrian, que aún hace nada lo sugirió en su tan incompleta Historia de la literatura erótica (Barcelona, Planeta, 1990).
Algunos meses llevo escrutando, cuando la curiosidad vence a la pereza, las intrigantes relaciones pictóricas y literarias entre canes y señoras. Ut pictura poesis, que metrificó el otro. Cumpliendo con su obligación secular, cuando se les pregunta van los textos testimoniando un sentido sexual de la voz perro y sus anexos y derivados. Significado durante siglos sostenido, al menos desde Francisco Delicado hasta finales del XIX. Lo que ayuda quizá a explicar la insistencia de los pintores en la prototípica escena de dama acompañada por perrillo que —cazadora más o menos constante por el túnel del tiempo del arte visual, ecfrástico y verbal— va persiguiendo esta serie I de Literaventuras: de Courbet a Tiziano, o al revés, sin olvidar las correspondientes ecuaciones derivadas.
En el poema 83 de PESO, cierta dama libre, sabia y juguetona entona un do ut des sexual ante Pedro, que queda transformado, por mor de pase fonético-mágico, en exótico pájaro-can. Es la magia que hermana los nombres del amante deseado, Pedro, y de dos mascotas, periquito y perro, tan atestadas de prometedora semántica de doble sentido:

Dámelo, Periquito, perro.
Periquito, dámelo.

Dame aquello que tú sabes,
y yo te daré otra cosa,
para jugar muy donosa,
juntamente con tus llaves;
darte horas suaves,
cuando me las tome yo.
Dámelo, Periquito, perro.
Periquito, dámelo.

Si te lo doy, me lo das;
me harás vivir muriendo,
los miembros estremeciendo,
saliendo de su compás;
y si aprietas por detrás,
con eso me güelgo yo.
Dámelo, Periquito, perro.
Periquito, dámelo.

Aquel juguete te pido
que compraste a la villa,
que come como polilla
cuando torna denegrido,
donde está el blanco metido
con que me afeito yo.
Dámelo, Periquito, perro.
Periquito, dámelo.

Pedro, cuando me lo des,
tente bien sobre los brazos
y dame besos y abrazos
afirmándome en los pies;
por una vez y por tres,
no lo saques fuera, no.
Dámelo, Periquito, perro.
Periquito, dámelo.

Para explicar esas llaves del verso 6, los antólogos de PESO remiten al poema 81, «Caldero y llave, madona, / jura Di, per vos amar, / je voléu vos adobar…», en que un calderero —nuestra Filología juguetona y aventuresca permitirá que le llamemos Pierre, ¿por qué no?—, compatriota de tales editores, va por ahí vendiendo sus polisémicos servicios a las damas. Y en consecuencia promete: «Je vos pondré una clave / dentro de vuestra serralla, / que romperá una muralla / nin jamás non se destrave» (vv. 4-7). Podrían también haber mencionado los antólogos el poema 82 de PESO, «Soy toquera y vendo tocas, / y tengo mi cofre donde las otras». La voz femenina que canta aquí, describe su cofre: «Es chico y bien encorado / y le abre cualquiera llave, / con tal que primero pague / el que le abriere el tocado» (vv. 3-6).
Son textos que se unen a la tradición, de procedencia provenzal, de la llave de apertura de cualquier cofre o maleta, tradición tan bien narrada o documentada por Aurora Juárez Blanquer («“Estuj”, “maeta”, “cofre”: su alusividad en las literaturas románicas», Estudios Románicos, 4 [1987-1989], pp. 665-675). Y motivo que sumar a los muchos que acumularon aquellos cientos de «Practicantes del ingenio sexual», antepasados nuestros.
La memoria o imaginación me devuelve ahora, del salón en el ángulo oscuro, la visión del arcón de Tiziano, arrinconado en su Venus de Urbino o Venus del perrito. A ver si es que nuestro amigo pintor estuvo al tanto de la clave de esta llave.
Y los mirones sin advertirlo.


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