sábado, 12 de mayo de 2018

XI, 15. Del asesinato como uno de los servicios públicos (2)


Ante la Sociedad de Conocedores del Asesinato, De Quincey hace disertar a su conferenciante de 1827: «En este mundo todo tiene dos lados. El asesinato, por ejemplo, puede tomarse por su lado moral (como suele hacerse en el púlpito y en el Old Bailey) y, lo confieso, ése es su lado malo, o bien cabe tratarlo estéticamente —como dicen los alemanes—, o sea en relación con el buen gusto» (Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes). El aserto resultará insuficiente a ojos de los venideros cubistas, y por completo banal después de la discusión relativista sobre el baciyelmo (Don Quijote, I, 45); pero, a pesar del déficit de su tan simplista binarismo, partamos de él para recorrer otro ya famoso jardín de senderos que se bifurcan.

domingo, 29 de abril de 2018

XI, 14. Del asesinato como uno de los servicios públicos (1)


Lo mejor del librito, además de su excepcional título, Of Murder considered as one of the Fine Arts, es que lo leyó Borges. En las múltiples ocasiones en que cada día versan las conversaciones porteñas sobre teoría literaria, «es frecuente escuchar que a la mención de De Quincey, se sigue la frase: “sí, un escritor que le gustaba a Borges”», por lo que no extrañará la experiencia de un crítico argentino como Ledesma, quien, tras confesar que al leer al autor inglés «en textos que no se parecen a los de Borges», «les encontré algo “borgeano”», concluye: «No deja de ser asombroso de qué manera la lectura de un autor consagrado puede condicionar la de otros autores», revirtiendo «los términos de la influencia. La mediación de Borges determina nuestra recepción de Thomas De Quincey»[1]. No de otro asunto capital, la reversibilidad del tiempo, creo que tratara Borges.

domingo, 22 de abril de 2018

XI, 13. Leve viaje en la máquina del tiempo


Abrir un libro publicado en el pasado —o sea, un libro— es traspasar puerta que dará en algún curvado pasadizo del laberinto del tiempo. Que trazan distorsionadas líneas de historicidad. Un libro es, por tanto, peculiar objeto físico que enlaza el efímero presente con puntos pretéritos conectados de modo cambiante entre sí: una azarosa máquina del tiempo. A los mandos, cada sucesivo lector, que se deja guiar por su propio o anacrónico manual de instrucciones. Sobrevolemos abismos temporales, por experimentar la sensación, con la edición póstuma de Varias poesías, compvestas por don Hernando de Acuña. Dirigidas al Príncipe don Felipe N. S., En Madrid, en caſa de P. Madrigal, 1591[1]. En su tramo final figura el soneto tal vez más conocido —desde el siglo XIX— de su autor, «Al Rey Nuestro Señor». Sea el punto [2] de la ruta del tiempo que voy a considerar:

lunes, 26 de marzo de 2018

XI, 12. Cartas finlandesas de Ganivet a Puigdemont


Cansaría menos acompañar al hiperactivo Puigdemont en sus andanzas europeas, que estar todo el santo día oyendo de sus huyendos. Con la noticia de que viajaba a Helsinki, y conociendo que en el pasado, que dura desde tiempos inmemoriales, ocurrieron tantas cosas que es imposible que no encuentren eco en el efímero presente, me acerco al ordenata —antes los libros se sacaban de las estanterías; ahora se bajan de una nube— para buscar las Cartas finlandesas (1898) de Ángel Ganivet[1]. Enseguida (pp. 2-3) despuntan las paralelas de la Historia: «a todos nosotros se nos mete en el cuerpo, juntamente con los primeros sobresaltos eróticos, una pasión violenta por conocer nuevas gentes y nuevos climas, sin duda para sacudir el yugo del amor […]»; o esta otra: «formé el propósito de callarme hasta el día 1.ºde octubre, que es el de la apertura de los centros docentes, y ese día abrir mi cátedra».

viernes, 9 de marzo de 2018

IX, 47. La regla de tres de Jorge Manrique


Corrían por el seminario de Julio Marconi —sí, el hermano del teórico Ataúlfo Marconi— aires de una nueva historia de la literatura. Historia que fuera ajena a los «viejos moldes retóricos de corte decimonónico (coherencia narrativa, flujo temporal lineal, períodos unitarios, transparencia del código empleado, neutralidad expositora, etc.)» con que había Santiáñez-Tió caracterizado a la ya manida y desgastada, mientras esperaba que un «historiador interesado en relatar la multiestratificación del tiempo» la superara con los recursos de la «narrativa experimental y modernista»: «pluralidad de voces, simultaneidad de escenas, polisemia, multilenguaje, montajes paralelos». Avivo el seso y recuerdo ahora el caso de las Coplas a la muerte de su padre con que, preparando esa venidera historia literaria reversible —o sustentada en las curvaturas del tiempo—, ensayaba Marconi.