sábado, 4 de febrero de 2012

V, 1. Cultura contante y sonante

Dos carabelas apuntan sus proas hacia un mundo apenas intuido en tosco, pero esférico, mapa. Debajo, una mujer y un hombre mantienen serena y mayestática posición: abierta su mano derecha y magnánima, ella; sosteniendo una delgada y ambigua espada-cruz, él. Dominando toda la composición, el rostro contemplativo del Almirante de la Mar Océana. El haz y el envés del documento están adornados con formas que hoy se nos antojarían esotéricas: dos triángulos, un polígono estrellado, dos rosas de los vientos, un astrolabio, un compás…
El billete era —no seguiré ocultándolo— de 5.000 pesetas. Todo billete de banco es en sí mismo un signo, en cuanto vale su peso variable y virtual en oro (o en euros). Pero no me interesa ahora el lenguaje de la economía, metafórico e insuficiente como cualquier otro lenguaje, sino el que sus signos más tangibles (monedas, billetes, tarjetas de débito y crédito) se construyan sobre una compleja arquitectura de signos menores, que remiten a la literatura, al arte, a la filosofía, a la historia. El cambiante valor de una moneda se dibuja aquí sobre el fondo y la raíz de una cultura. Seguro asiento, aunque no contable.
Las viejas monedas del Reino de España afirmaban que los reyes y los caudillos en ellas retratados lo eran «por la g. de Dios», donde ge punto (por este orden) abreviaba «gracia»; los billetes norteamericanos fijan asimismo una confianza del pueblo que los usa en «God». Hasta en los pucheros anda el Señor, que decía santa Teresa, siempre atenta al camino de perfección. Y hasta en los dineros. Tengo para mí que la cantidad y la calidad se sintetizan, hegelianamente, incluso en el humilde microcosmos de un céntimo de euro.
Por lo menos desde Atenas y desde el Renacimiento sabemos que no hay desarrollo cultural digno si no es sobre la base y los beneficios de una amplia actividad económica. Para que haya letras debe haber previamente números, como en un endecasílabo, que no es tal si no tiene once sílabas y un cómputo acentual sujeto a medida. Pero la condición cuantitativa que todo endecasílabo debe cumplir no es el único requisito para lograr la calidad del verso. Corroborada la medida, hay que darle sentido. Quizá también sensibilidad, y no sé si decir sentimiento. Como se ve, el modelo cuantitativo es eficaz, cómodo e incompleto.
La clave es, entonces, la síntesis. En la Europa renacentista y antes, en la por siempre mítica Atenas, aprendimos que una amplia actividad económica sólo cobra sentido pleno sobre la base de un digno desarrollo cultural, que es el que le otorga objetivos: una finalidad. No entraré en detalles como que, en el papel moneda, el arte de filigranas y arabescos es útil garantía contra falsificaciones; me limitaré a recordar que talentos, maravedíes, denarios y pesetas no son hoy monedas de curso legal, mientras que los templos, los coliseos, los teatros y las universidades que aquellos dineros ayudaron a edificar siguen siendo nuestras referencias, lo que nos dice que la imposibilidad de introducir el valor simbólico de una cultura o de una actividad intelectual en un paradigma cuantitativo no implica que deba prescindirse de tal valor. Del mismo modo, que la excelencia no quepa en Excel no es razón para apagar el ordenador, excepto cuando el programa se cuelga.
Los modelos cuantitativos producen una indudable fascinación, por su extraordinaria potencia deductiva o predictiva… para con todo aquello que se puede predecir. Dado un crédito, por ejemplo, establézcase su equivalencia con diez horas de clase y aplíquense las más precisas operaciones hasta conocer con absoluta certeza cuántos créditos tiene una asignatura e incluso una carrera completa; pero ni siquiera la perfección pitagórica del número 10 asegurará, sin buenos maestros y buenos aprendices, que la calidad se encuentre en la esencia del Crédito, tomado aquí como Idea platónica.
Vuelvo al principio. En el ángulo superior izquierdo del haz del billete de mil duros figuraban las discretas firmas del gobernador, el interventor y el cajero del Banco de España; y en el ángulo inferior derecho del envés, la rúbrica de Cristóbal Colón. Firmas, huellas del ayer dispuestas, en armónica simetría de opuestos, abriendo y cerrando el documento, y metaforizando una síntesis entre cómputo y cultura que es mucho menos necesaria que lógica.
Y siendo lógica no puede ser sino humana. Nuestra.

2 comentarios:

  1. Los billetes de Estados Unidos, además de la frase que mencionas (In God We Trust), dicen que hay cantidad de símbolos masónicos.

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  2. Sí, eso se dice. Y con eso quería jugar en el primer párrafo o de la intriga. Aunque luego se ve que el supuesto esoterismo remite a útiles de navegación, y estos a Colón: en sí mismo una biografía misteriosa...
    Muchas gracias, Miriam.

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