Fundéu es palabro que parece que no, pero al resonar en su música verbal un como inicio
de obra concebida por la infinita sabiduría divina, atesora mucho postín
purista. Un deus ex machina que
resuelve problemas lingüísticos con galanura. Oculta tal neologismo, pues,
mucho desvelo de remonte secular por las altas cordilleras de la corrección
idiomática. Porque la Fundéu, Fundación del Español Urgente, es benemérita
asociación dedicada a la tarea de salvaguardar el idioma del trote que le vamos
dando. Que es que nos gusta mucho hablar y gastar morfemas. Se suma de este
modo la Fundéu a la empresa histórica de colocar la lengua dentro de una
vitrina, no vaya a ser que con la calor, o con el frío, según, se nos ponga
mala o se estropee. Y la lengua hay que cuidarla. No en vano, de todos es
conocido que lengua no hay más que una. Y mejor si pura.
Así que la Fundéu va coleccionando recomendaciones para guiar la parla con
corrección. Como en el XIX, supongo, pero en álbum tecnológico: por Internet,
vamos. Cromos como el siguiente: «grupo de cabildeo o grupo de presión, mejor que lobby»
(9-7-2013). Basado en la argumentación de que el anglicismo puede o debe
evitarse. Lo que justamente no hicieron nuestros tatarabuelos con el latinismo,
el helenismo o el arabismo, ni nuestros bisabuelos con el italianismo o el
galicismo, por no callarme y soltar alguna nimiedad. Vale, en todo caso —sostiene
el redactor de esa entrada—, que lobby
se emplee porque se usa mucho, razonamiento que a una mente neutral podría
parecerle tautológico: «este extranjerismo puede considerarse aceptable debido
a su amplio uso»; pero eso sí, «siempre y cuando se escriba en cursiva» «o, si
no se dispone de este tipo de letra, entre comillas». ¿Pero quién a estas
alturas no tiene a mano un hierro de cursivas para marcar el lomo a los extranjerismos?
Y lo que es peor: ¿cuando esté un mortal hablando, qué debe hacer? ¿O es que
los consejos puristas son no más que para escribir?
Postula la entradilla que se diga grupo
de presión o grupo de cabildeo en
vez de lobby, que es como utilizar la
definición en vez de la forma definida. No sé, que se te ocurre gritar «¡Que
viene el lobo!», y en vez de eso te sorprendes con un «¡Que llega a donde estoy
yo, el hablante, ese mamífero carnicero de un metro aproximadamente desde el
hocico hasta el nacimiento de la cola, y de seis a siete decímetros de altura
hasta la cruz, pelaje de color gris oscuro, cabeza aguzada, orejas tiesas y
cola larga con mucho pelo, y siendo animal salvaje y dañino para el ganado, se
explica que esté ahora mismo yo, el hablante, gritando!». De todas todas, no
hay nada que hacer: que viene el lobby
y se queda, seguramente cualquier día emboscado ya como lobi, que parece más tierno.
Pero si hubiera algo que hacer, ¿emplearíamos grupo de cabildeo, que es solución aparentemente asentada en la
tradición lingüística, de recia (o rancia) raíz, y por tanto solución purista
de suyo? Qué cosas. A estas alturas, no me digan que cabildeo no suena peor que lobby.
Pero hay que verlo. O sea: convirtamos el impulso escéptico en curiosidad y
afán de comprobación.
Dese, pues, el escéptico (un servidor, en este trance) una vuelta por el Nuevo
tesoro lexicográfico de la RAE en busca del susodicho cabildeo. Descubrirá ahí que tal palabra, definida como «acción y
efecto de cabildear», que a su vez resulta ser «gestionar con actividad y maña
para ganar voluntades en un cuerpo colegiado o corporación», entró por vez
primera en un diccionario ¡en 1884! Anteayer, en época del retoricón cursi de
la Restauración. Cabildear, por su
parte, figura en los lexicones desde 1846. Que son voces no muy reconocidas con
el manto (o el mantillo) de la antigüedad, quiero decir. Lagarto, lagarto:
nuestros puristas se están poniendo poco exigentes con esto de la edad.
¿Y usarse? ¿Se han usado mucho en este siglo y pico, que en el discurrir de
una lengua es medida más bien escasa? Que lo diga el CORDE: cabildeo se empleó su poquitín (siete veces),
en apenas cuatro documentos distintos, durante el lapso 1900-1956. Por si fuera
poco, cuatro de esas ocasiones corresponden a Doña Bárbara (1929), de Rómulo Gallegos, quien incluso aplica cabildeo (y cabildear) a un rebaño, contra lo que dictan la definición del Diccionario de la RAE y la recomendación
de la Fundéu. Otras dos palabras
zombi, pues, de las que salen del cementerio para moverse, a duras penas,
como muertos vivientes. Sesenta años después de su defunción de uso. Y estas, además,
habían cascado entre algodones. Como es habitual, el purismo resulta ser asunto
de funeraria. En Fundéu, el palabro, no
van a resonar únicamente los dioses.
El purismo es que mata mucho.
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