Extraeré de la reflexión que condujo sobre
la covada el doctor Gárate —copiándose entre ellos, los investigadores sociales del XIX estudiaron con gran detalle
este fenómeno, del que podría aseverarse lo que «Lugones del canibalismo de los
guaraníes: “Nadie lo vio”»— una segunda ley: «es difícil agotar una
bibliografía. En cambio se pueden ver sus relaciones de dependencia e
inspiración», pues «hasta las mismas palabras y erratas son llevadas de uno a
otro» de los trabajos (Literaventuras,
«III, 51. Del
rigor de la ciencia social (2)»).
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sábado, 24 de junio de 2017
sábado, 10 de junio de 2017
V, 21. Gato jurisconsulto al horno
«El autor trata de epatar al lector con hechos
desconcertantes que son la causa del éxito de escritores psicópatas». Justo
Gárate extraía esta ley al explicar la falsedad de la covada (cfr. «III, 50. Del rigor de la ciencia social (1)») y asentar un principio universal sobre el vínculo
entre el hambre (un «impostor voluntario») y las ganas de comer (la innumerable
audiencia): un autor «entusiasta y
carente de control crítico», de esos que «se aferran a lo extraño», suele
afirmar «algo más de lo que puede comprobar», lo que
termina echando raíces en el pueblo, hábitat en que «los mitos y errores»
desarrollan su «gran tendencia a conservarse y perpetuarse».
domingo, 22 de junio de 2014
III, 51. Del rigor de la ciencia social (2)
Cerrará
el doctor Gárate la sección II de su monografía, «La ciencia europea ante la
covada pirenaica» (pp. 37-58), citando —por qué no— a
Schuchardt. Si en 1912 afirmó este investigador austriaco que la covada vasca «sigue
incubándose a sí misma», en 1901 se había asombrado al constatar que la covada regresa
«siempre de nuevo del reino de la fábula, al que se la había enviado» (p. 57).
sábado, 7 de junio de 2014
III, 50. Del rigor de la ciencia social (1)
Alta
disciplina lectora, o sea, máxima concentración, todos los sentidos de la
memoria alerta y benedictina paciencia. Es lo que se requiere ante ciertas
organizaciones textuales. Por llamarlas de alguna manera. Si he sido capaz de
mantener esa disciplina —la Filología te entrena para alcanzarla— con uno de
tales textos, trataré ahora de comprobarlo. Resumiéndolo.
miércoles, 14 de mayo de 2014
III, 49. Sobre órdenes y excesos
La
hipótesis —o conjetura— de que la covada fuera un cuento verosímil, o con
fundamento, se sostiene en un equilibrio bien inestable. Como cualquier
conjetura —o hipótesis—. Ya
digo que el hecho de que haya venido dando su juego literario pudiera apoyarla.
Quizá no. El caso es que, enraizados en la añosa y resistente contienda de los
sexos —o intergenérica, según suspirarían
hoy los más requetefinos, mientras ondean y ondulan el dedo meñique al apurar blanca
tacita de eufemismos a la menta—, el esqueleto del relato covadesco ha dado
para otros usos. Qué sé yo: el humorístico.
sábado, 3 de mayo de 2014
III, 48. El laberinto de Estrabón
Tengo
para mí que, en los apuntes de García y Bellido sobre la covada descrita en la Geografía de Estrabón, estamos ante el
afán de un historiador del siglo XX por justificar a un viejo colega. Un afán
que asimismo pudo haber movido, en la primera centuria de nuestra era, al
geógrafo griego. Porque Estrabón, que se ve que también creía en la
verdad de todo lo que, yaciendo en ella, pervivía en escritura, hubo de
corroborar historiográficamente un fragmento de cierto poema épico: la forma
literaria más próxima a la historia. Y, andando los quinquenios, a la novela.
viernes, 18 de abril de 2014
III, 47. Del rigor de las fuentes (o que así me lo contaron)
Para José
María P. H., compañero
en tiempos
estudiantiles ya brumosos,
que me dio la
pista del texto de Tigre Juan.
A
la luz del principio que regía aún en borrosos tiempos medievales, que lo
escrito es lo verdadero, es posible reconstruir el proceso que pudo haber
conducido al pasaje estraboniano sobre la
covada. En 1945 anotaba García
y Bellido que ciertos escritores clásicos adjudicaron dicha práctica a
cántabros, corsos y aquel pueblo que dormitaba en la región asiática del Ponto, los
tibarenios. Y luego sitúa la supuesta costumbre, diz que vigente en su actualidad,
en la cornisa cantábrica, corroborando las líneas de la Geografía de Estrabón. Sin embargo, García y Bellido no remite a
textos o documentos, ni aduce prueba alguna. De modo que omite —tal que un
poeta— los detalles a que alude en su anotación, y hasta las fuentes clásicas.
(Que, conviene subrayarlo con un paréntesis y varias pausas, eran además eso
que ahora llamamos literarias.)
sábado, 12 de abril de 2014
III, 46. Del poder de la ciencia poética
La
palabra escrita es garantía de perdurabilidad. El axioma viene desde la
Antigüedad, que ya es trayecto. Con la escritura pudieran salvar los hombres
las acometidas del tiempo. El mono sapiens: tal que los crecidos dioses.
Tablillas, papiros y pergaminos aseguraban, de tan tenues, que las obras
humanas se mantendrían en la memoria, una vez resueltas en polvo aquellas obras
y sus personas creativas. El valor mágico de los dibujitos breves y
eternos; las grafías, digo.
viernes, 4 de abril de 2014
III, 45. Una extraña y brumosa costumbre
Para
Laura C. F., que desde Galicia
me
envió el texto de Cunqueiro
Antonio
García y Bellido, en cuya traducción de Estrabón —incluida en su España y los españoles hace dos mil años—
voy leyendo, comenta (nota 278) el
pasaje de la Geografía sobre la covada. Provenga de puerperio covare, ‘guardar cama tras el parto’, o de cova, ‘cueva’, que entre otras voces
parirá la francesa couver, ‘incubar’,
ya
sabemos que con covada se denomina
a la «curiosa costumbre» y «rara práctica» antigua de que fuera el padre, y no
la madre, quien cuidara al recién nacido en el lecho. Según García y Bellido,
tal uso perduró «hasta hace bien poco» (la primera edición de su libro data de
1945) por el septentrión peninsular, de Galicia a Aragón pasando por Cantabria,
así como en Baleares y Canarias.
sábado, 22 de marzo de 2014
III, 44. La covada
El libro III de la Geografía de Estrabón, historiador
griego (h. 65-60 a. C. / h. 21-25 d. C.), es harto curioso. Allí se cuenta, por
ejemplo, que uno de los antiguos pueblos hispanos, el de los vetones, pensaba —más
o menos como Astérix— que estaban locos estos romanos:
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