La serie VIII de Literaventuras, «Sublime
arte efímero», colecciona estampas de escenas deportivas que
se transmutaron en mágicos regalos de belleza fugaz. Se me antoja que tal serie
ofrece buena oportunidad para practicar el plan B (que sí, que siempre hay uno)
del deporte sedentario —ese oxímoron feliz— a que fuerza el confinamiento.
miércoles, 13 de mayo de 2020
sábado, 18 de abril de 2020
X, 30. Un juego para pasar el confinamiento
Creo
poder recordar que me vine arriba cuando supe que Alonso Zamora Vicente
(1916-2006), maestro de filólogos, se había tomado hace años la molestia de recortar,
coleccionar y catalogar mi artículo «Lingüística y filosofía, o el juego del
diccionario», Delibros, VII, 67 (mayo
1994), pp. 47-48. Me enteré por el ojo que todo lo ve de Google cuando reposa
su mirada en la «Biblioteca
Alonso Zamora Vicente», ahora en la Diputación de Cáceres. Allí se conserva
una copia —según coges y pinchas en su «Catálogo»— de aquel trabajo. Así que,
ya digo que con la extraña e insegura alegría de quien comprueba que lo que una vez escribió
fue leído por otros, lo revisé
y adapté
al formato blog en la siguiente miniserie sobre el juego del diccionario:
sábado, 28 de marzo de 2020
III, 59. Lecturas y escrituras de confinamiento
También la casualidad genera
causalidades. En 1815, un suceso imprevisible o extraordinario, de esos que
ahora llaman cisne negro, desencadenó uno de los fenómenos regidos por
eso que ahora llaman efecto mariposa. Lo que nos gusta apellidar hechos
y procesos con nombres de animalillos a los que vamos arrinconando con nuestra
voracidad sapiens. El suceso, como recordó P. Unamuno al reseñar El año del verano que nunca
llegó
(2015), de William Ospina, «la erupción de
un volcán en los Mares del Sur, que provocó un “tsunami” en las costas de Bali, inundó vastas extensiones de China, llenó los
cielos del mundo entero de ceniza y azufre»; el efecto mariposa, que en «la
lejanísima Europa» aconteciera «el verano más frío del milenio» («La
noche que nació Frankenstein», El Mundo,
13-6-2015). A orillas del ginebrino lago Lemán, en la
mansión de Villa Diodati,
ya habían morado el Milton del Paraíso perdido en 1638, y luego Rousseau,
y después Voltaire. Allí se confinaron un 16 de junio de 1816, escapando del
desastre del frío, lord Byron y su médico humanista, John William Polidori, así
como enseguida otros personajes de esta historia circular, tales el poeta Percy
Bysshe Shelley y su novia Mary, a quienes acompañaba una tía de esta, Claire. Apostilla
Unamuno:
sábado, 29 de febrero de 2020
X, 29. Matemática de la Historia
La Filosofía de la Historia se
esforzaba por hallar tendencias, patrones y constantes en el devenir colectivo
de la Humanidad, por ver de predecirlo. Ahí es nada. En la línea del fatalismo
reaccionario de La decadencia de Occidente (1918-1922) de Spengler, y
de la teoría cíclica de las civilizaciones desarrollada por Toynbee en Estudio de la Historia (1934-1961), el farmacéutico
Alexandre Deulofeu teorizó una Matemática
de la Historia de andar por su casa carlista. A tenor de su sucinta web, dijérase
que una Historia matemática, o circular, ha de estar fatalmente ligada a un
destino pero que muy previsible, de modo que la libertad sea en ella
coherentemente descartada como entelequia. Así que el postulado deulofeuniano según el cual «la humanidad podrá ser capaz, de
conocerlos, de alterar los propios ciclos» para «tender a organizarse bajo la
forma de una Confederación Universal de pueblos libres» es, por sobre su
carácter decimonónico o galdosiano,
profundamente contradictorio con su histórica geometría de escuadra y cartabón.
domingo, 12 de enero de 2020
XIII, 4. Las Horas por el forro de la parodia (sexta-completas)
Siguiendo
las andanzas de su dura jornada, el
clérigo va «luego a la iglesia» (Libro del Arcipreste de Hita, 380) a «le dezir tu razón» a la mujer, por lo que desea que se esté celebrando «la misa de novios», expresión con «alusiones
sexuales» que cuadra además con que había «clérigos casados» (Simonatti 2008:
109). Y mejor que la ceremonia sea breve, «sin gloria e sin son»: sin el canto del Gloria in excelsis Deo («Gloria
a Dios en las alturas») ni «música»,
para «ir al grano» (Morros
2004: 398-400). Grano cobrado cuando,
al finalizar la misa, llegaba la hora sexta (381):
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